Las dos guerras de la clase obrera colombiana

Por Natasha Sarazin desde Toronto, Canada

La primera vez que visité Colombia fue en mayo de 2015, cuando tenía 23 años. Se suponía que debía ir en diciembre de 2014 con mi tía y mi prima, pero la semana anterior al viaje me rompí una pierna y tuve que quedarme en casa mientras mi familia pasaba las vacaciones sin mí. Reprogramé mi vuelo y me fui a Colombia sola. Nunca fue un lugar al que hubiese pensado ir. Realmente no conocía nada del país, excepto cosas obvias como el café, la cocaína y la cumbia. Cuando llegué, me impactó la magia de Colombia. Pude ver por qué este era el país que dio a luz al realismo mágico. Pude ver cómo el folclor impregnaba la vida cotidiana. Esta era una tierra de belleza y alegría inimaginable, y de una violencia y desesperación inimaginable.

En su mayor parte, Canadá se siente estable y seguro. Las cosas funcionan según lo planeado, hay una ley para absolutamente todo, nuestras vidas están “hasta el código”. Por supuesto, el establecimiento de nuestras instituciones, de nuestros sistemas burocráticos, de nuestra forma de vida, se basa en el genocidio indígena, los internados japoneses y la esclavitud negra (entre otras atrocidades). Somos una sociedad colonial. Sin embargo, a diferencia de Colombia, tenemos el lujo de existir dentro del orden capitalista global en una posición privilegiada. Nuestro país es elogiado por su seguridad, a pesar de que cometamos violaciones de derechos humanos en el extranjero. Nuestra violencia se siente en las minas de esmeraldas, petroleo y oro colombianas, las plantaciones de banano y la industria del turismo.

Después de viajar por Colombia, dejé mi trabajo y me mudé a Bogotá. Había algo excepcional en el caos, las montañas, el olor a gasolina, el arte callejero, la arquitectura, la comida callejera, los artistas y los simpáticos ciudadanos bogotanos. No había sentido lo mismo por ninguna ciudad a la que haya visitado antes. Pero claro, yo era simplemente un visitante en Bogotá. Cuando me mudé, encontré un departamento en Chapinero, en la 57 con Caracas. Hasta que viví en Bogotá, comprendí la dificultad de vivir en un lugar como Colombia. La infraestructura estaba rota, la policía era corrupta, el costo de vida era alto y los salarios bajos. Cada proceso fue más lento y complicado a lo que yo estaba acostumbrada en Canadá. Especialmente el transporte público. El transporte público de Bogotá es un chiste horrible.

Encontré un trabajo como profesora de inglés trabajando para una empresa “sin animos de lucro” que fue contratada por el gobierno colombiano. Inmediatamente fue obvio que la empresa que me empleó era corrupta. Nunca verificaron mis antecedentes para asegurarse de que fuese seguro que yo trabajase con niños. Nunca me solicitaron que proporcionara referencias laborales de mis trabajos anteriores. No necesitaba ninguna experiencia enseñando. No necesitaba hablar español. Incluso me dijeron que no necesitaba registrarme para obtener una cédula. Fui contratada por una agencia a nombre del gobierno colombiano para trabajar por debajo de la mesa en un colegio público en el barrio Modelo Norte. Cuando firmé mi contrato de trabajo, este establecía que trabajaría durante 2 semanas más de lo que me dijeron que trabajaría. Mis compañeros de trabajo y yo pensamos que la agencia que nos habia contratado se estaba robando el pago de nuestras últimas dos semanas de empleo. Había 200 maestros empleados solo en Bogotá, y esta misma agencia operaba en toda Colombia.

Cuando comencé mi puesto como profesora de inglés, me dijeron que era una gran profesora, aunque personalmente creo que no estaba calificada. Se nos dijo que siguiéramos un plan de estudios formulado por el sistema escolar británico. Este plan de estudios incluía cosas como hacer actividades en línea en la sala de computadoras. La escuela donde enseñé ni siquiera tenía tijeras en el armario de manualidades, y mucho menos una sala de computadoras. Me dijeron que mintiera sobre las actividades que hacíamos en clase para los informes semanales que se enviaban a la junta de educación colombiana. Una maestra colombiana que trabajaba en la misma escuela me dijo que la última maestra de inglés que ocupó mi cargo fue una mujer francesa que tuvo relaciones sexuales con uno de sus alumnos de 17 años. Estas fueron algunas de las condiciones de mi propia experiencia que forjaron mi comprensión de la burocracia, la política y la corrupción colombiana. La intención suele ser buena. La ejecución es terrible.

La verdad es que el pueblo colombiano está luchando en dos guerras. Estas dos guerras se sienten desesperadas e interminables. La primera es la guerra interna. Ésta es una guerra plagada de complejidades históricas; desplazamiento, asesinato, secuestro, desaparecimientos, paramilitarismo, narcotrafico, políticos corruptos, patriarcado, burocracia, religión, esclavitud, encomienda, oro, mar y sangre. La segunda guerra es en contra de una estructura capitalista global que nunca inclinará la balanza a favor de las clases trabajadoras colombianas. Las estructuras de opresión dentro de Colombia e internacionalmente están evidentemente vinculadas y se refuerzan mutuamente. La académica de estudios laborales estadounidense Beverly Silver explicó que en este nuevo milenio, existe una clase trabajadora global y una clase capitalista transnacional. Ella creía que la capacidad que tiene un estado para proteger a su gente disminuirá, ya que la clase capitalista transnacional se volverá cada vez más poderosa.

Mientras haya una gran división entre las clases trabajadoras colombianas, la clase capitalista transnacional seguirá cosechando las recompensas del trabajo explotado. Mientras haya una gran división entre las clases trabajadoras colombianas, las naciones ricas como Canadá proporcionarán a sus ciudadanos una vida alegre y pacífica, a expensas de los ciudadanos colombianos. Cuando vivía en Colombia, había muchos comportamientos que simplemente no podía comprender. Fui testigo de muchas agresiones y micro-agresiones que serían completamente tabú en el sitio de donde soy. Traté de no imponer mi lente occidental a una sociedad que era tan diferente a la mía. A nadie le gusta una extranjera blanca y crítica. Aun asi, nunca pude deshacerme del racismo descarado, la homofobia, la transfobia, el sexismo, el clasismo y cualquier otro -ismo.

Experimenté de primera mano lo que significaba ser mujer en la sociedad colombiana. Me invitaron a una fiesta en la casa de mi exnovio, donde todas las mujeres estaban en la cocina, trabajando y guardando los niños, y todos los hombres estaban afuera fumando y bebiendo cervezas. Decidí preparar una ensalada de papa canadiense para los invitados. Mientras cocinaba, mi ex-suegra (la mujer de la casa) criticaba e insultaba mi manera de cocinar ante las otras mujeres de la fiesta. En retrospectiva, recuerdo esa situación y me río, ya que parece una escena de la década de los 50. Quizás había más matices sociales en la situación, que se me escaparon como extranjera. Realmente no lo sé. Pero me queda claro que este es un ejemplo de cómo el patriarcado obliga a las mujeres a satisfacer las necesidades de los hombres, obligandolas a competir entre ellas para complacer a los hombres.

Cuando me fui de vacaciones a la playa de Costeño, en el Magdalena, contraje el virus del Zika. Lo hice con la misma comodidad de alguien que pudiese acceder a un aborto gratuito y seguro, si fuese necesario. No tuve que enfrentarme a la misma realidad que enfrentan las mujeres colombianas, que no tienen acceso a un aborto seguro o legal, aunque esto signifique criar a un bebé afectado por microcefalia. Estas situaciones solo resaltan una intersección de la experiencia en Colombia, la de una mujer. Entre todas las divisiones relacionadas con la identidad, hay creencias sociales tóxicas que dividen aún más a los colombianos. Nunca pude entender la facilidad con la que los colombianos blancos usaban la palabra negro. Nunca pude entender cómo los colombianos marginalmente ricos desdeñaban abiertamente a los miembros de la clase media. Cómo los colombianos de clase media condenaban abiertamente a miembros de la clase baja. Todos golpeaban a las personas debajo de ellos, negándose a reconocer al enemigo común.

Aquellos que tienen la suerte de provenir de familias ricas o de clase media pueden acceder a la educación, lo que a menudo refuerza su creencia de que su moral e intelecto son superiores a los de las clases bajas. Con la reciente ola de disturbios en Colombia, las clases ricas y medias juzgaron a las clases bajas por protestar contra la política de reforma fiscal. Los ricos creían que los pobres eran ignorantes; aquí había un grupo que protestaba por una reforma que tal vez no habían entendido del todo. Los ricos infantilizaron a los manifestantes pobres, indígenas y afro, minimizando sus demandas, equiparando su resistencia con la ignorancia. Los ricos se comportaron así por miedo. Temen volverse comunistas, con el presagio de Venezuela presionando sobre su psique. Temen el poder de las personas que tienen más voz que nunca. Lo que los ricos no ven es cómo ellos también se beneficiarían de una sociedad más equitativa.

Si los salarios de los más pobres suben, la delincuencia baja. Si todos ganan un salario digno, se reducen los negocios ilícitos. Si todos tienen acceso a la educación superior, las instituciones se fortalecen. Imagine a una Colombia con mejor infraestructura, menores niveles de corrupción, menos actividad guerrillera, un mayor PIB, responsabilidad gubernamental, desmilitarización de la policía, protección ambiental, atención médica gratuita, un sistema legal justo, esfuerzos de reconciliación colectiva y una oportunidad para existir en una mejor posición en el orden capitalista global. Quizás esta Colombia suene utópica, pero es la Colombia por la que luchan los marginados. El intento de construir esta Colombia es más legítimo que la voluntad de seguir con el sistema quebrado actual.

Como extranjera y académica, no puedo pretender conocer las respuestas al inmenso problema de cómo resolver el malestar social y la desigualdad en Colombia. Todo lo que puedo hacer es brindar apoyo internacional a las personas que protestan, que están articulando su visión de un futuro mejor para todos. A quienes peyoratibamente se les dice negros están hablando, los indígenas están hablando, los afrodescendientes están hablando, los pobres urbanos están hablando, los que luchan por el cambio climático están hablando, las mujeres, lxs transgénero, los enfermos y los queers están hablando. El mundo entero está observando cómo estos grupos, que suelen estar divididos por sus identidades se apoyan entre si y se solidarizan con la causa del otro. Protestar juntos es un acto de resistencia contra la guerra interna, un aspecto fundamental en la polarización de los colombianos.

Beverly Silver cree que a medida que la clase capitalista se vuelve cada vez más transnacional, también debería hacerlo la clase trabajadora global. A medida que los ricos de este mundo se vuelven cada vez más ricos y los pobres se vuelven cada vez más pobres, hay más articulaciones de los movimientos revolucionarios en todo el mundo. Como clase trabajadora global (sí, esto incluye a la clase media), debemos asumir las luchas de resistencia internacional como nuestra propia carga. Debemos hacer asociaciones e instituciones transnacionales que sean paralelas a las de la clase capitalista. La gente del Norte Global, que se ha beneficiado de la opresión de la gente del Sur Global, debe representar los intereses de aquellos que están oprimidos. Si hay alguna posibilidad de ganar la segunda guerra contra la opresión capitalista global, será con apoyo internacional. La gente del Norte Global ha ido de vacaciones a los océanos y ha comprado el oro, pero aun no nos hemos untado de sangre por él pais.

Colombia es un lugar único y hermoso. Es un lugar que desafía la lógica de las ideas occidentales sobre la estabidad. Es un lugar con divisiones en varios niveles, en donde la gente finalmente está despertando y confrontando al opresor que todos tienen en común. Para que Colombia supere sus dos guerras, la gente debe ser solidaria y creativa. No pretendo saber qué necesita el país para conciliar sus traumas con la idea de un futuro pacífico. Todo lo que puedo decir es que la protesta actual evidencia la resistencia del espíritu humano y las ganas de vivir. Esta articulación es sagrada y debe ser protegida por ciudadanos colombianos y pueblos internacionales a toda costa.


Natasha Sarazin nos escribe desde Toronto, Canada

Natasha Sarazin vive en Toronto, Canadá, y trabaja en la industria del vino. Tiene una formación académica en viticultura y actualmente asiste a la Universidad de York para una doble especialización en Estudios Latinoamericanos y del Caribe y en Español como idioma. Natasha está altamente comprometida con el socialismo, los derechos humanos y los estudios laborales, lo cual ha sido influenciado por su vida personal, su trabajo, su familia y sus experiencias de viaje. Natasha fue criada por una madre soltera, en una familia afectada por el suicidio y el trauma. Natasha realizó su primer viaje de mochilero en solitario a la edad de 19 años, cuando viajó a Turquía, Israel y Palestina. Cuando Natasha visitó Colombia por primera vez, quedó hipnotizada por la magia de Colombia y su gente. Ha optado por estudiar Colombia dentro de la academia y espera volver a vivir en Colombia.

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