El Coronasomnio

Por Carolina Martelo desde Bogota, Colombia.

¿Sabía usted que una de las secuelas del COVID-19 es el insomnio? 

Bueno, yo tampoco. Según una investigación de la Universidad de Oxford, aproximadamente el 5% de las personas que se recuperan de este virus sufren de insomnio. 

El COVID-19 me dejó sin sueño. 

No puedo dormir, y cuando lo logro, el sueño es tan ligero que a veces no sé si estoy pensando dormida o soñando despierta. Se me abren los ojos automáticamente a las 3:00 a.m. todos los días, como si me hubieran reprogramado el sistema nervioso para arrancar a esa hora. Y, amaneciendo, se me vienen toda clase de preguntas a la cabeza. 

Lo más inusual es que tampoco me da sueño durante el día a pesar de haber disminuido el consumo de cafeína. Podríamos decir que ese virus me robó el sueño y depositó inquietudes místicas en mi cabeza, ¡vaya secuelas!

Y no es para más. Yo terminé en un hospital en Bogotá con neumonía por COVID hace un mes.   

No sé si me alcance la vida para procesar todas esas lecciones escondidas que siempre traen las experiencias difíciles. Aquellas que no matan, pero sí abren la conciencia muy a la fuerza.  

Les dejo varias preguntas a los lectores. Las mismas que me enredan la cabeza a las 3:00 a.m. 

¿Y al final, qué? 

Presencie una siniestra sinopsis de la vida humana que me liberó de las preocupaciones del día a día.  

Rancheros, rancheros, rancheros, ¿dónde está Israel? Ay no, y ahora qué hago…’  

Con esos gritos me despertaron una madrugada en la clínica. Provenían de mi compañera de cuarto. Una abuelita a quien le estaban suministrando grandes cantidades de oxígeno. 

Se encontraba entre el delirio y las necesidades biológicas. Llamaba a los rancheros para que le ayudaran a ir al baño. Las enfermeras le repetían con paciencia que se encontraba en la clínica porque tenía neumonía, que no podía levantarse de su cama, y que debía usar una mica. Ella siempre se portó muy cortés con las enfermeras y les agradecía por su ayuda. Varias veces se repitió la misma escena. Varias veces expresó gratitud y fue correspondida con cariño por parte del personal médico.  

Y es que al final de los días realmente no importan ni los sirvientes (o rancheros, imagino), ni el dinero, ni los logros profesionales, ni los contactos, ni los apellidos, ni la belleza, ni los amores, ni los viajes, ni los likes, nada de las cosas que tanto perseguimos en este mundo. 

También escuché a un señor gritándole al jefe de enfermería porque quería una habitación para él solo dado que contaba con un plan de medicina privada. El jefe trataba de calmarlo y explicarle que el hospital no tenía capacidad. A este personaje también lo atendieron las enfermeras, pero carecían de cualquier sentimiento afectuoso. El cariño a un desconocido no hace parte de ningún contrato, ni lo asegura la medicina privada, es algo voluntario.   

¿Será que nuestra actitud en la vida, de gratitud o petulancia, genera un karma cósmico que determina con quien nos toparemos en la recta final?  Cuando el dinero no vale nada y las necesidades básicas están a la merced de desconocidos, la abuelita me demostró que la clave es la gratitud. Pero ese sentimiento no puede ser improvisado, se construye y se alimenta a diario.   

En otro momento, uno de mis vecinos estaba conversando por altavoz con quien creo que era su mamá. El personaje en cuestión era un tipo de 39 años con neumonía por COVID-19 (igual que yo). Había llamado a esa señora a suplicarle que le llevase ropa, papel higiénico, y otros artículos personales. La señora le contesto que más bien rezara y aprovechara el tiempo para leer la Biblia, que era un buen momento para arrepentirse de todos sus pecados, y que ella no tenía tiempo para llevarle nada. Tan escandalosa fue la conversación que me pare y le di papel higiénico al señor.

Cuando se lo llevaban a la unidad de cuidados intensivos me dijo adiós con su mano. Sus ojos estaban tranquilos y brillaban.

‘No tiene esa ‘vibra pesada’ de haber cometido pecados que ameriten semejante respuesta’ pensé. 

Sentí pesar y cariño al tiempo ¿A quién se lo ocurre hablarle de pecados a alguien que esta rumbo a cuidados intensivos, y como para qué carajos le va a servir una Biblia estando entubado? 

Compartir un baño no con dos personas sino con todo el piso me empezó a enfermar psicológicamente y me desaturé. La mente es realmente muy poderosa. 

Tras lo que creo que fue un mensaje telepático de mi abuela, quien falleció en esa clínica, se me vino a la cabeza una idea: Limpiaré el baño con las toallitas de clorox que me mandaron en la bolsa. 

Esa bolsita que toda familia con paciente COVID-19 les deja a sus seres queridos a la entrada del hospital, cuyo contenido uno aprecia con el alma más que cualquier lujo mundano ¿qué hubiera podido hacer yo con un BMW, una propiedad, o unas joyas? En ese momento poder respirar era el lujo más grande. 

Mi bolsita traía ropa, una toalla, papel higiénico, toallitas clorox, chanclas, sopa de letras y crucigramas, agua, antibacterial, jabón, y galletas Tosh.  

¿Quién empacará tu bolsita?

A mí no me entusiasma para nada la idea de depender de alguien más. Pero dadas las circunstancias tan impredecibles de la vida, creo que vale la pena saber quién nos empacara la bolsita. De cierta manera la voluntad de colaboración por parte de las personas cercanas en momentos inesperados depende mucho del tipo de nexos establecidos, de la confianza construida, y del sentimiento de reciprocidad. Esto requiere de mucho esfuerzo. Para mí es un reto monstruoso ya que venero mi independencia. Pero tal fue el transcurrir de los hechos que mi primo terminó empacando mis calzones para llevármelos al hospital. 

¡Gracias Bicho! Prometo dejar de hacerte bromas a diario.

¿Qué nos deja esta pandemia? 

Cada uno de nosotros ha vivido cosas difíciles durante la pandemia, unas más extremas que otras, pero cada experiencia tiene un gran potencial para abrir conciencia. 

Yo en lo personal he vivido en The Twilight Zone. Todos los momentos intensos me han forzado a despejar mi mente y mi alma. Quiero tener relaciones a mi alrededor en donde prime el balance y la reciprocidad. No quiero perder el tiempo con gente o asuntos desgastantes. Cuando se acabe la pandemia espero mantener el sentido de urgencia por sintonizarme con la gratitud y la compasión, inclusive, cuando no pueda dormir.  

En la revista americana The Economist hay un artículo que dice que se viene un boom económico similar al de 1920. Y bueno, ya sabemos que paso 19 años después. Quisiera que se anunciara, con el mismo entusiasmo, un boom de conciencia. De pronto así nos iría mejor y no repetiríamos la misma historia de 1939 pero con otro líder autócrata. 

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