Nostalgia

Todo tiempo pasado fue mejor

Oh, yeah?

En marzo se cumplió un año de esta puteada en la cara y me la pasé encerrado, como cuando empezamos este diario. Atrás quedaron los planes de escribir cada semana y retarnos los unos a los otros para mantenernos sanos. ¿Será que fallé?

¿Será que nos perdimos en la nostalgia de aquellos momentos donde hacíamos las cosas sin pensar; cuando nos dejábamos llevar y ni nos lavábamos las manos a cada hora? Qué asco, ¿no? O a lo mejor la pandemia nos dió la oportunidad de soñar, de añorar un tiempo mejor, un mundo mejor, un mundo donde no hay enfermedades ni racismo… y luego despertamos. Estamos exactamente donde empezamos, querido lector — ¡hasta peor! Entonces, ¿éramos mejores de lo que pensábamos? Creo que todos subestimamos el poder del miedo y no le metimos suficiente fuerza al sueño dorado.

Covid pa’ ti, covid pa’ mi

Para celebrar el primer aniversario de la pandemia no tuve mejor idea que enfermarme. Me acuerdo claramente cómo empezó mi día, nada diferente de los demás. Era domingo, llegué al centro comercial, llené mi formulario indicando que no tenía ningún síntoma relacionado al bicho este, y entré a la tienda como si nada.

Nos preparábamos para abrir nuevamente. El segundo encierro llegaba a su fin, después de largos meses de invierno y con el cuerpo que te pica por salir. Tenía mi lista de cosas por completar el día previo a la reapertura. Empecé con muchas ganas; movía cosas de aquí para allá y revisaba reportes por si me olvidaba de algo. Me empezó a doler la garganta, una cosquillita que se volvió rápidamente tos —esa tos que extrañaba desde mis años adolescentes cuando solíamos fumar cuatro, cinco cigarrillos como si fuese competencia. Y luego un dolor de cabeza, algo mínimo, nada fuerte como para tomarme una pastilla, pero ahí estaba. Y después escalofríos, de pies a cabeza. Me da escalofríos de sólo recordarlo —la piel de gallina, los vellos erizados, los pezones duros y cero placer. Y de ahí un dolor muscular en todo el cuerpo. Me sentía descompuesto, que me caía a pedazos y aún así pensé “Mañana abrimos”.

Llamé a Kat a preguntarle si teníamos alguna medicina que me pueda tomar cuando regrese en la noche. Pensé que me estaba resfriando, y por idiota ni se me cruzó que pueda ser covid. Siempre me consideré cauteloso y cuidadoso. Usaba máscara todo el tiempo, almorzaba por mi cuenta escondido en los probadores, me lavaba las manos y me refregaba gel desinfectante cuantas veces podía hasta que la piel me gritaba “No más, por favor”. Un resfrío es lo más lógico, pensaba yo, todo iluso. “¡Qué medicina ni qué medicina! Sal de la tienda y anda a hacerte el test”, me dijo Kat. Y yo obediente, me fui a hacerme el test.

Camino al hospital empecé a imaginarme lo peor y a prepararme mentalmente. Dejé de pensar dónde y cómo podía haber contraído el virus y comencé a hacer planes. Ni bien llegue a la casa, debemos mantenernos separados. Kat trabaja desde casa, entonces ella debe tener el espacio más grande. Que saque sus cosas de la oficina y yo me quedaré ahí hasta que reciba los resultados. Qué chévere, nadie se lo hubiera imaginado. ¿Y si soy asintomático? ¿Cuánta gente de mi edad se ha muerto por covid? Solía fumar harto, y luego ya no tanto, y luego por darme el gusto, ¿el covid ataca a los fumadores? También tuve asma cuando era niño, aunque no tan fuerte, ¿será que el covid me sigue el rastro? Uno de cada cuántos sobrevive; y si yo soy parte del montón o la excepción, ¿quién decide?

Al día siguiente me convertí en parte de la estadísitca, y las tres semanas que siguieron fueron una visita virtual al mundo de Hades, pero felizmente ni él me quiso.

Estamos vivos

Más allá de las tres semanas que me tomó recuperarme, esta montaña rusa fue tan corporal como psicológica, y siento que perdí la batalla antes de haber empezado.

Mi papá me mandó un par de mensajes alentadores, pidiéndome que no pierda la esperanza y que siga luchando contra el virus. Kat también me daba ánimos a falta de síntomas. Me puse a pensar en aquellas escenas de telenovela donde un ser querido le dice al paciente en coma que siga luchando por su vida, y el paciente supongo que los escucha, pero no sé cómo lucha. Nunca sentí que tratar de convencerme a mi mismo que iba a mejorarme, que todo iba a estar bien tendría efecto alguno. Entonces, dejé que las cosas sigan su curso. Así como el cohete chino que está por caer en algún lugar del planeta, si te toca te toca.

En fin, de más está decir que nos hemos recuperado y a falta de historias de guerra mundial puedo contarles a mis nietos que yo también sobreviví la enfermedad.

***

Andreita, ¿tú cómo vas por allá?

Así nos comunicamos ahora. Como antes, como siempre. Como cuando nos perdimos el rastro y apenas nos dábamos un like en la foto de Facebook, y dejábamos un comentario jocoso para no perder la costumbre; pero nos perdimos de nuevo. Pero vale, al César lo que es del César. Yo asumo mi culpa y falta de esfuerzo, como cuando me dice que escriba y yo le digo “mañana te lo mando”. ¿Por qué no escribo como escribía antes?

Con Kat vimos esta serie en Netflix, The One, y la verdad no sé si así se llama pero en uno de los capítulos el personaje principal le dice a un periodista “Dicen que los periodistas son escritores que no saben escribir”. Me acordé entonces de mi sueño truncado de ser periodista. Cuando terminaba la secundaria estaba seguro que ese era el camino que iba a seguir. Prensa escrita con un poquito de show biz y política, nada muy serio, nada que vaya a cambiar el mundo. No creía que fuera a meterle semanas de investigación para destapar mafias criminales. Simplemente quería ser periodista.

Cuando apliqué al programa de periodismo de Ryerson, inflé mi aplicación con artículos inventados que nunca había escrito. Como los requisitos pedían un portafolio que demostrara mi aptitud, no tuve mejor idea que inventarme la experiencia. Y cuando no ingresé tuve la poca sangre de reclamarle a mi consejera en la escuela, sólo para que me recuerde que el periodismo se basa en contar la verdad, no en inventarla.

A la mierda con esa señora.

Si fuera periodista, me habrían despedido por falta de seriedad. Por perder los deadlines y no presentar nada a tiempo. Como en mis tiempos de universidad, cuando disfrutaba más perder clases e inventarme excusas para que me den una extensión. Esa presión de de organizarme y presentar proyectos y ensayos a tiempo no era para mi. Dame una razón para mentirte y ahí estoy yo, profesor. Nada que se me murió una tía lejana ni que el perro se comió las teclas de mi laptop. No, señora mentira. Eso me gustaba, eso me entretenía. Crear y contar historias, conmover, dar pena, dar qué pensar. Así me pasé los años, escribiendo por placer. Algún poemita por ahí para recupar a quien no fuera el amor de mi vida, pero escribir libremente era lo mío… porque no tenía que.

Y así me pierdo en los recuerdos. Diez años despues de haber salido de la universidad me pongo a pensar en lo que hubiera sido y nunca fue. De las chicas con las que salí y nunca me animé a besar. De las promesas que no cumplí y los sueños que no seguí… y la falta de remordimiento. Imagina que la más mínima diferencia en cómo viví esos años pudiese haber tenido algún efecto en nuestro presente. Uno no puede perderse en el qué hubiera pasado si… No podemos pretender que una línea de tiempo alternativa pueda ser mejor porque es un túnel eterno si final.

Mirando hacia atrás, este último año fue un año de quizases y nunca mases, de cosas que nunca fueron. ¿Y se puede, entonces, añorar algo que nunca fue? ¿Sentir pena por la boda que nunca sucedió, los amigos que nunca se reencontraron, las familias que nunca bailaron reggaeton ni se emborracharon con el pisco que nunca llegó? ¿Vale la pena sentir pena? ¿O mejor miramos hacia adelante y rogamos por que no nos mate un carro y que este último año no haya sido en vano?

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