Impostor

El síndrome del impostor

El color de la vida depende del color del cristal con el que se le mire.

Sabio José María Muñi.

Tengo la fortuna de llevar conmigo esas y muchas otras reflexiones que me sirven a diario y me normalizan un poco estos tiempos tan “anormales” para todos. Al fin y al cabo, vivimos en un mundo de contrastes y a pesar de la pandemia, nuestras vidas son tan diversas como los copos de nieve. Si esta es la primera vez que me lee, le resumo: me agarró la pandemia en Colombia y no tengo planes de regreso a Toronto por lo pronto; menos ahora que todo está cerrado y a -20˚C. En las palabras del cofundador de este humilde blog, Alejandro Libaque:

“Uno en lockdown perra y tú ¡De compras en un mall! Vives en un país en donde, al parecer, no hay Coronavirus….”

Alejandro Libaque

Si ya nos habíamos conocido, le comento que Colombia y su semi control del COVID-19 me deja muchas inquietudes sobre el valor de la vida del ciudadano de a pie que vive en el país del sagrado Corazón de Batman. Existen burbujas, como en la que me encuentro, en donde aún se tiene acceso a cositas fuera de la casa. En mi caso particular, mi oficina favorita sigue siendo cualquier cafecito precioso en donde me sirvan UN DON SEÑOR CAFÉ de padre y señor mío y me atienden con amor 💛.

Así como esta oficina en el corazón de Salento, Quindío, los sitios desde donde suelo camellar tienen una vista increíble y huelen a cafecito del bueno.

En lo que concierne al COVID desgraciado

A diferencia de la situación climática en estimadísimo polo norte, en donde uno voluntariamente hiberna por estas fechas, con todo el debido respeto, este platanal va de CULO pal estanco…  A la barrabasada de presidente que tiene este país se le ocurrió eliminar la prueba del COVID para ingresar a Colombia, entre muchas otras perlas de igual o mayor calibre .

Independientemente a lo que piense al respecto, en estos días me encontré una caricatura de Matador que resume bastante bien un sentimiento colectivo. Siento que aún no he perdido la cordura, lo cual considero que es bueno.

Ahora, como ciudadana del mundo, considero que si uno tiene para viajar en estos tiempos, también debe tener para cubrir y cumplir sus obligaciones ciudadanas de no ser un completo patán y propagar las cepas supersayayines del CARANAVAIRAS. Ya hay varios aeropuertos alrededor del mundo que ofrecen pruebas rápidas para prevención y detección del COVID y aunque esto no sea suficiente para garantizar la entrada al país, para uno como viajero es importante saber que está bien, especialmente cuando no se juega de local. Si otros países alrededor del mundo están tomando medidas para controlar posibles brotes que ponen en riesgo a sus ciudadanos ¿Por qué carajos no podemos seguir ese ejemplo en Colombia e implementar procesos de protección preventiva y responsable? Para nadie es un secreto: El palo no está para cuchara y Polombia depende en gran parte de su industria turística.

Independientemente de cuánto me encabrone la lógica de platanal, no cambiaría ningún aspecto de mi experencia en cuarentena reconectando con mis raices colombianas. En medio de tantísima incertidumbre, no solo por el eclecticismo de estos tiempos sino también por mi continuo vaivén (tiene más estabilidad un gitano que esta servidora y amiga), la vida me dio una oportunidad única y me siento supremamente agradecida de tener salud para disfrutar cada instante lo que el día me tenga preparado. Claro está, no siempre ha sido fácil y adaptarse a un cambio tan repentino, que no solo me sucedió a mi. Esta vaina afectó a todo el mundo.

El 2020 fue catastrófico para todos de alguna manera. Hasta la revista TIMES lo declaró el peor año de toda la historia en su última edición. Por mi parte: Perdí a un primo (no por COVID), vi como el Coronavirus le ganó la batalla a seres muy queridos, dejando millones de hogares desamparados. He visto al comercio idependiente en quiebra y siento que el mundo entero está irreconocible. Tengo la certeza de que el Toronto que dejé hace más de 10 meses no es el mismo que me espera, lo cual me llena de incertidumbre, pero sé que esa preocupación no pertenece a mi actual Memento mori, ya que estoy a 8000km de distancia de mi casa.

No recuerdo lo que se siente estar en mi apartamento ya que desde el 1ro de marzo no he puesto un pie adentro y la vida que llevaba construyendo consistentemente por varios años quedó en pausa indefinidamente.  No recuerdo bien la ropa que dejé, pero sé que tengo una cantidad de vainas que son parte de mi diaria experiencia YYZ.

Hace tan solo unos días extrañaba mis Converse; luego recordé por qué no los traje. Extraño el parlante de la sala, chromecasting, chicken wings, mis muchos círculos sociales, mis libros hermosos, mis LuLuMeLoNs, mis maticas, mi cocina completamente abastecida de espátulas, cuchillos y demás enseres que utilizo con tantísima frecuencia, Sephora, David’s Tea, Tokyo Smoke, grosería shopping en mis mercaditos favoritos, PEI, Trinity Bellwoods, helado de taro con coco negro, LBS, hot pot chino, todas mis oficinas casuales, mis labiales fucsias, el silencio, la tolerancia y el respeto de la cotidianidad canadiense. En resumidas cuentas: Extraño mi vida en Toronto. Me hace una falta tremenda mi gente y los lugares mágicos que suelo frecuentar. El resto son conceptos lindos – Nice to have- pero no pasan de ser necesidades superfluas.

Tengo el privilegio de vivir una realidad que cubre muchos de los aspectos que, generalmente, hacen que mi vida en Toronto sea fantástica. Sin embargo, si hace un año un oráculo me hubiera dicho que estaría viviendo en Armenia en 2020, me habría visto en Jerevan; no en el Quindío. Aun así, tengo la certeza que todo este viaje, desde marzo hasta el sol de hoy ha sido de las mejores cosas que me han pasado en la vida. A pesar del constante cambio de ubicación (ya van más de 20 ‘mi casa’ en lo que va el año), mi trabajo me normaliza los días y me fascina que la vista desde mi “oficina” sea siempre envidiable. Amo la calidez del clima y cosas tan simples como partir una cebolla y que huela a cebolla (esto le sonará extraño, pero créame la cebolla no huele a lo mismo en todas partes), fusiones gastronómicas impresionantes, café con aroma de mujer, la flexibilidad de manejar el tiempo a mi antojo, asegurar mi comodidad, y nuevamente disfrutar del silencio que harmoniza la danza de mi vecino el guadual.

La vista hacia mi vecino el Guadual 💛

Indiscutiblemente, fui una de las personas que recibió el 2021 cantando a grito herido el siguiente tema:

Yo no olvido el año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas…

El 2020 me dio mucho más de lo que estaba buscando y me ha mostrado maneras de mejorar varios aspectos de mi vida, entre esas manejar la irracionalidad de la ansiedad. No suelo hablar mucho al respecto, pero es importante no evadir la conversación en torno a la salud mental.

 

Las enfermedades mentales y sus yagas invisibles

Rivka Korf: Screaming Hydra, Anxiety Painting

Desde hace muchos años he conocido la ansiedad de primera mano. Entre mis sienes, la voz de la ansiedad suena como una plaza de mercado en hora pico. Sino hubiese sido por ese desprendimiento tan drástico a raíz del COVID y sus restricciones de viaje, quizás nunca me habría arriesgado a confiar en mí y a ponerle fin al síndrome del impostor con el que venía luchando desde hace tantísimo tiempo.

Si esta es la primera vez que se topa con este concepto, le comparto que el “síndrome del impostor” es un trastorno más habitual de lo normal. Siete de cada 10 personas lo han sufrido alguna vez en su vida, según la doctora Valerie Young.

Una carrera profesional exitosa, logros académicos, elogios y, a pesar de todo, uno sigue pensando que todo se debe a una serie de “golpes de buena suerte”, que pueden desaparecer en cualquier momento.

“Millones de mujeres y hombres en todo mundo, desde exitosos directivos de empresas, hasta brillantes estudiantes o actrices, como Kate Winslet (Rose la del Titanic), están secretamente preocupados por no ser tan capaces como todos creen”, asegura Young.

En plena pandemia me tocó reconciliar ese concepto que siempre he oído en boca de otros con respecto a esa mujer guerrera y verraca que soy y desacreditar a la voz de la ansiedad que no daba 3 centavos por la misma vieja inteligente y capaz. Me costó mucho trabajo reconocer las palabras: Andrea es una mujer tan valiosa. Hoy en día honro ese concepto y le agradezco a la vida por darme la oportunidad de reconciliarme conmigo misma, un minuto a la vez.

La maldita ansiedad se ha vuelto la patología mental con mayor impacto en el mundo. Ferran Cases describe las razones por las cuales la ansiedad se ha apoderado de tantas personas, especialmente ahora que la normalidad es tan incierta:
1 – El mundo ha cambiado y no nos hemos adaptado.
2 – Vivimos en la sociedad del miedo, y nos lo hemos creído.
3 – Estamos sobre-estimulados, nos hemos olvidado de aburrirnos.

Adaptarse al cambio es una tarea complicada, ya que lidiar con la incertidumbre no es fácil. Sin embargo, es fundamental comprender lo que significa sufrir de ansiedad. En mi caso personal, duré mucho tiempo pensando que no merecía nada y nunca entendí ese valor tan alto que otros constantemente me otorgaban. De repente, tener que ponerle el pecho a la vida y sortear el día a día indefinidamente fue el desafío ideal para demostrarme que – en palabras de José María the Wise – la maleta no es de hojas y estoy donde tengo que estar ya que es el resultado de la vida que he venido construyendo con tanto esfuerzo desde hace años.

En octubre, mi jefa prácticamente me “soltó las llaves del Bentley” y me dijo: aquí está la oportunidad de que tome las riendas enteras sobre un proyecto que me causaba toda clase de ansiedad. A punta de aceite de CBD (no tengo palabras para recomendarlo suficiente y adoro trabajar por desestigmatizar el consumo del cannabis), espacio, cafecitos mágicos y credibilidad en mis capacidades, miré al miedo a los ojos y saqué adelante un proyecto que me daba pavor.

El 2020 me ha mostrado que la mejor cura para la ansiedad es aceptar que adaptarse al cambio es fundamental y no es negociable. Hay que ser sincero con uno mismo, reconocer sus límites, establecerlos y respetarlos. Es brindarse esa mano amiga y dedicarse más tiempo. Es quererse un poco más de lo normal y cuidarse de extremos. En lo personal, siento que tengo una relación muchísimo más saludable conmigo misma y me he dedicado a invertir principalmente en mi bienestar y mi salud mental. Me enfoco en cosas sobre las cuales tengo control y sé que son lo mejor para mí, ya sea dormir más, comer mejor, o trotar consistentemente en el transcurso de la semana. Llegué al punto en el que me miro al espejo y digo: en qué momento me puse así de buena ala…. En esta época, miro en retrospectiva lo que ha sido de mi vida en este año y veo el resultado de la rutina de respeto y amor propio.

Ando contrarrestando la ansiedad a punta de amor propio, rutina, respeto hacia la mujer que soy y que con tanto trabajo he venido construyendo a través de la confianza que muchos meses de incertidumbre elegantemente manejada, me ha dado. También he tenido momentos duros en los que digo: estoy en el paraíso y nadie tiene tiempo para hacer nada y aparte exponerse a un coronavirus bailable no me llama mucho la atención.

Pedí con tantísima devoción un cambio en mi vida social y el alma de Armenia escuchó mis plegarias. He conocido seres increíbles e irremplazables que por razones curiosas están en AXM. Mi eterno problema es que, a falta de interacción significativa, es fácil obsesionarse con querer compartir con otros, algo que muchas veces no depende de mí. Fascinarme tanto con ese intercambio tan humano, tan cálido, al que ya no se tiene fácil acceso me causa problemas, ya que me he dado cuenta de que mi tiempo libre casi no coincide con el de los demás.  Esta soledad tan impuesta, puede consumir a cualquiera.

Cogito ergo sum

Dentro de tanta incertidumbre, he decidido ser menos virtual y más real. Deseo vivir aún más el día a día y aprovechar al máximo las oportunidades que tengo en esta burbuja tan extraña y fantástica. Continúo estableciendo limites por doquier, con aquellos que me rodean, disminuyendo mi consumo de redes sociales y diciéndole NO a los placeres que me destruyen.

Escojo construir mi felicidad desde una perspectiva un poco más estoica, mediante a mi narrativa personal de lo que me llena como ser. Escojo dejar de buscar en otros lo que pienso que me falta y lo acepto como un reto más para crecer como persona y mantenerme inspirada en dejar a un lado mi zona de confort. Decido cultivar en mi esa mejor amiga y aliada que me merezco porque este proceso se trata de traer reconocimiento donde sea necesario manifestarlo. Continuaré mi rutina de enriquecimiento, de abrazos desde el alma, de introspección, liberación y perdón, cultivando todo aquello que me traiga felicidad y dándole muchos besos en el moquito y en el guanciale a mi hijo peludo. Si esa no es la felicidad que me merezco, esa es la felicidad que hoy escojo.

Mi amor bebe y los piquitos

Desde Salento, Colombia, cerrando ciclos después de un año altamente inusual, va un abrazo cargado de toda la buena energía para que el 2021 que se aproxima los colme de ilusión y les recuerde que, no solo se vale soñar, sino que también hay que soñar en grande ya que nunca seremos más grandes que nuestros sueños.

Amigo lector, lo invito para que me siga en mis redes sociales

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