aceites esenciales

A falta de Remedio(s), Gonorrea en el Alma.

Por Vanessa Cuervo

Para ser un ser tan insignificante en la escala del universo, que mi destino incluya sobrevivir una pandemia de estas magnitudes me hace sentir un poquito más especial. Pero aceptar que vivimos una pandemia ha sido casi como un proceso de duelo. 

Hubo euforia. Hubo desespero. Hubo negación. Hubo delirio. Hubo aburrimiento. Hubo aceptación. 

Podría contarles sobre cómo mi cuerpo lo asumió de maneras extrañas – como ese mes en el que de la nada produje leche. Sin estar embarazada, ni maternando, empecé a lactar por mi teta derecha. 

Podría escribir sobre cómo la pandemia me cogió mueca y lo que significó para mí soltar mis dientes en el encierro. 

Pero la idea es evocar lo mental. 

Mis amuletos de salud mental.

Al principio de la pandemia me invadía la sensación de que estaba parada a la orilla de un inmenso lago congelado. No lograba ver la orilla del otro lado… pero saltaba entre islas flotantes de hielo mientras el piso bajo mis pies se craquelaba. Los saltos eran cada vez más frecuentes pues todo lo conocido se iba desvaneciendo y la idea era mantenerse a flote. A veces pasaba alguna foca y saludaba. A veces veía otra isla con alguna cara conocida. 

Me pregunto por qué fue esta la imagen que vino a mi cabeza; un panorama tan alejado del mío. 

No crecí con nieve, ni con hielo, ni con frío. Con mucha lluvia, si. Rodeada de montañas, en medio de los Andes.  

Quizás fue por la culpa que a veces me invade cuando tomo duchas muy largas o cuando tanqueo con gasolina pensando en mi aporte a los polos que se derriten y los osos polares que sufren el calentamiento global creado por mis emisiones.  

Me interesa mucho ese rumiar infinito de la mente que construye castillos hechos de retazos de recuerdos, de miedos, de ilusiones, de delirios. Ese ejercicio que nos lleva a navegar las profundas aguas de lo irracional, lo inexplicable, lo lunático, lo misterioso; que nos bota por laberintos rizomáticos sin fondo de los cuales algunas mentes salen con más lucidez. Me encantaría ahondar en esos terrenos, pues lo que me convoca a escribir hoy es eso que llamamos salud mental. 

Sin embargo, compartiré una historia mucho más banal, sobre cómo alguien que yo quería mucho (pa q mentir, aún la quiero) perdió no solo la mente, si no la humanidad con la amenaza del virus.  

Viví el encierro más fuerte en casa de mi madre – lugar en el que no habitaba hace más de 15 años. En mi casa, mi espacio personal (que compartía con una gran amiga a quien llamaremos Remedios) estaba “atrapado” el amante nómada de Remedios. No alcanzó a salir del país a tiempo y ella decidió albergarlo. Renuente a la idea de vivir con una pareja las 24 horas del día, en un espacio limitado, decidí cederles mi casa temporalmente, esperando que vivieran una luna de miel (así fuera impuesta por un coronavirus). Finalmente, ¿Quién era yo para separar un amor pandémico? 

Hasta ahí no íbamos tan mal. 

Sin embargo, al pasar de las semanas (mientras yo atravesaba por una enfermedad y por una situación laboral incierta) las comunicaciones de Remedios se empezaron a limitar a cobrarme el arriendo. Su tono era cada vez menos el de una amiga y cada vez más el de una rentista que le exige a la inquilina que pague su cuota. 

Una madrugada me desperté a las 3:18 am (horario que se había vuelto habitual) de un glorioso sueño en el que decretaban que todas las deudas estudiantiles se saldaban por pandemia y yo saltaba sin tapabocas en una especie de trampolín…. Tristemente, las deudas seguían vigentes y el calendario marcaba 4 meses de haber cedido mi espacio. Fue en ese momento que caí en cuenta. Creo que me demoré mucho más que la mayoría de los mortales en preguntarme por qué carajos estaba yo pagando el arriendo del amante de Remedios, él estaba en condiciones de pagar por un lugar para vivir y era él quien estaba disfrutando de la casa en la que yo no estaba viviendo. 

Me demoré. Sí. 

Pero fue entonces en la siguiente llamada de cobranza que propuse que él, quien había dejado de ser nómada y se había asentado comodamente en mi casa, cubriera el arriendo. Luego de un ir y venir incómodo, llegamos a ese acuerdo. Yo seguiría cediendo mi espacio, pero también la responsabilidad de pagar por él. 

El calendario marcó 3 meses más. Si bien es cierto que yo ya me había amigado más con el encierro y con muchos fantasmas familiares, y que al estar mueca, me caía bien el papel de preadolescente en casa de mi madre; ya me hacía mucha falta mi espacio. Mi salud mental me lo pedía. Igual el acuerdo ya se estaba alargando más de lo pactado, era tiempo de volver. 

Con la claridad de que el trotamundos de Remedios ya no estaría en mi casa, luego de 8 meses, recuperé mi pequeño espacio. Me reencontré con mis matas, con mi taza de té, con mi altar empolvado y mi biblioteca. Remedios se había ido a la playa y yo nunca había disfrutado tanto de mi soledad como en ese momento. Solo yo. Con mi ruido o mi silencio. Seguíamos en pandemia, pero yo estaba en mi rinconcito de paz.      

No me duró mucho mi idilio.

A pesar de los acuerdos, un día, sin explicación alguna, sin consulta previa, sin regalo de visita…. volvió el Gitano de Remedios, junto con ella, sus kilos pandémicos y su bronceado caribeño. Ni mal me caía aquel galán de espíritu libre, pero no había refill de buena onda, paciencia y tolerancia que soportara 7+ meses. Y ella tan fresca, tan sirena de mar, tan “aquí no está pasando nada raro”. Eran la personificación perfecta de lo que en Colombia llamamos LA CONCHUDEZ.

Remedios, su amor de cuarentena y yo. Éramos un molotov con la mecha al lado de mis velas.

Exploté. Explotamos. 

Y ante un sopor de incomodidad y dos caras de culo insufribles, otra vez yo – La inquilina – fui obligada a salir de casa. Pero esta vez no iba a ser la boluda que patrocinaba el amor ajeno de dos pendejos desagradecidos y desconsiderados. Por suerte, quedaba solo un mes de contrato oficial – ese que habíamos firmado Remedios y yo para vivir juntas en esa casa, en la que durante más de 2 años convivimos armoniosamente -. Ese último mes decidí aportar el 60% de mi arriendo. 

Pero hasta aquí el COVID19 había sido un actor secundario en esta novela. 

Cuando finalmente pudimos salir de nuestras casas, fui a celebrar un cumpleaños con 5 personas. Para suerte mía, al día siguiente una de ellas recibió el resultado de su prueba con un COVID POSITIVO. De nada había servido encerrarme 8 meses entre paredes cuando decidí compartir una copa con ella. Luego de darme todos los latigazos posibles, lo asumí. Salté a la conclusión de asumir el virus en mi. Pasé a ser el virus.  

Intentando evitar mi peor pesadilla – la de contagiar a mi madre de 70 años – descarté regresar a la casa materna. Y cómo lo ordenaban las autoridades, me fui a mi casa a aislarme, en cuarentena voluntaria, mientras me hacía una prueba. 

Me pareció prudente informarle a Remedios de la situación. 

Finalmente era mi amiga, mi compañera de casa, con la que fui al jardín Petaquitas y al colegio, esa que tengo tatuada en mi brazo izquierdo….alguien que sin duda, se preocuparía por mi salud. (Por suerte no compartíamos baño, ni habitación, entonces se trataba de organizarnos un poco, o quizás sería el turno de ella de pasar algunos días en casa de sus padres)

Siguiente escena: Llego a la entrada de mi edificio, con 3 tapabocas encima y todos los síntomas psicológicos activados. El portero quien me conoce hace 3 años me para y me dice, ESTÁ PROHIBIDA SU ENTRADA A ESTE EDIFICIO. Cuál criminal. 

Quién sabe qué cara le habré hecho mientras el sacaba una especie de pergamino para justificar esta violencia. Me entregó una carta escrita a mano por Remedios en la que PROHIBÍA mi ingreso al edificio y al apartamento (A MI APARTAMENTO!!!!!). 

¿Eso siente ser el virus?

La indeseable. 

La infectada. 

La sin techo.

La vulnerable.

La porquería.

La que poco vale.

La desechable.

A la que no le contestan el teléfono luego de dejar una carta de ese calibre. 

(Como lo dijo un sabio amigo… “Tu podrás tener COVID, pero al menos no tienes gonorrea en el alma”) 

Y así fue como me quedé sin casa, una vez más. 

Con mi ropa, mis muebles, mi vida entera ahí adentro. Secuestrada. 

Aislada de lo poco que es mio. 

Pasé por muchas emociones y estados mentales, pero siempre permanecía un gran interrogante: ¿ES POSIBLE QUE UN VIRUS (O LA AMENAZA DE ÉL) LE ARREBATE LA HUMANIDAD A ALGUIEN? 

¿Qué efecto retorcido puede tener la narrativa de la infección y el contagio en la mente humana? ¿Dónde entierra alguien su empatía para ser capaz de dejar a una amiga en la calle? 

Yo perdí mi casa, sí. Perdí los dientes. Perdí una amiga. Perdí mi libertad de movimiento. Pero  Remedios perdió lo que nos hace humanos. 

Y ante este asesinato simbólico, ¿qué quedará de ella ahora? 

Días después yo salí negativa en la prueba de COVID19. Mi pequeña victoria. Sin techo pero sin virus.

Sin embargo, aún me pillo en alguna de esas largas duchas culpables volviendo a la misma pregunta: ¿Fue la pandemia la que le arrebató la humanidad a Remedios? 

*PD. Un enorme agradeciendo a mi mamá, a mi hermano, mi prima y mi sobrina por haberme acogido en su casa en el 2020. Me quedan lindísimos recuerdos de esa cuarentena. 

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