¡Salud, mental!

Un post que se puso de moda en las redes sociales durante la primera cuarentena, al menos por estos lares, iba más o menos así: “Si sales de esta cuarentena sin haber aprendido algo nuevo o emprendido tu propio negocio, nunca fue que no tenías tiempo sino falta de disciplina”.

Lo veías en todas las plataformas –Facebook, Instagram, Twitter, LinkedIn, Pinterest, etc– pero lo que más llamaba la atención fue la tremenda división que existía en los comentarios. Muchas personas, con sus likes y corazones, apoyaban la idea detrás de este mensaje medio “déjate de huevadas” y “¡esta es la oportunidad que tanto querías!”. Bien “las cosas son como son” y “se tenía que decir y se dijo”, pero motivador al fin y al cabo, diría yo. Por otro lado, muchos otros alzaban sus voces al cielo, rasgándose las vestiduras con “un momentito por favor”. Según ellos, no debería existir la expectativa de tener que aprovechar el tiempo libre obligatorio, ni mucho menos aventarse en una nueva aventura que sabe Dios si vaya a funcionar. “No, mijo, tú tranquilo que sobrevivir la pandemia es más de lo que uno espera de ti”.

Obviamente yo le di su like y lo compartí en LinkedIn porque me parecía perfecto. A toda esa gente que se la pasaba entre excusa y excusa, entre “me gustaría hacer esto pero nunca tengo tiempo” y “llego muy cansado del trabajo”, este era el momento perfecto y yo les regalaba ahí el empujoncito que tanto necesitaban. Y aún así había muchísima gente que no estaba de acuerdo, que pensaba que este cambio tan drástico y traumático no era el tipo de catalizador que uno necesita para hacer algo al respecto. O sea la pandemia es too much para uno. Más allá de aquellos que el Covid afectaba directamente, estábamos nosotros, los daños colaterales de la tragedia. Nos afectaba que la gente se muera de lejos, pero desde la comodidad de nuestros hogares.

Aunque no nos habían dado de baja en el trabajo, estábamos bajo órdenes de quedarnos en casa y muchos no teníamos mucho que hacer. Después de los primeros días de poder disfrutar ese break indefinido pero bienvenido; después de haber visto las series en Netflix que nunca nos daba tiempo de ver, era hora de invertir en uno mismo. Yo por mi parte, para no pecar de hipócrita, me inscribía en taller y webinar que se me apareciera. Algo para crecer en mi carrera; algo para traer de regreso a la tienda cuando reabramos y volviéramos a la normalidad… esa era mi luz al final del túnel, lo que me mantenía despierto y esperanzado. Que se acabe este pesadilla sutil, que mi Kat pueda volver y darme un abrazo antes de tener que tomarse un baño en desinfectante. Poder visitar a mis padres y no preocuparme de traer el bicho este a su casa.

En fin, a ponerle ganas. Webinar 1, listo. Webinar 2, ya me estoy aburriendo. Webin… bueno, ya, hasta ahí nomás. Nadie tiene que saber que no aprendí nada durante el lockdown. ¿Qué hay en Netflix? 

En mi sillón yo estoy muy cómodo, mirando series. Más allá de estudiar algo, disfruto experimentar el proceso de entender las cosas a través de la observación. Me tiré toda la serie de The Good Wife en cuestión de semanas y me sumergí en la evolución y complejidad de los personajes. Nunca tuve la intención de entender derecho más allá de lo que discutían en la serie, pero el drama de la esposa engañada, la corrupción de los políticos, el deseo tan efímero de hacer el bien y terminar haciendo el bien para uno mismo. Ese es el fin de uno, supongo —hacer el bien para uno mismo. No importa cuán altruistas creamos que somos, hay satisfacción en ser agradecidos por lo que hacemos por otros, y cuando no se puede hacer nada, pues no se hace nada.

He ahí mi disyuntiva. Compartía aquella frase sobre hacer algo en la cuarentena para los demás, no para mí mismo. Yo no soy de no hacer cosas por falta de tiempo, sino porque no quiero. A diferencia de estas últimas semanas en las que sí he estado ocupado y estresado por el trabajo, durante la cuarentena no tenía nada con qué ponerme al día. No tenía ninguna pasión que perseguir, ningún proyecto que había dejado de lado hace años, ningún sueño por realizar, y así estaba contento. No me sentía estresado porque seguía empleado, tan privilegiado yo; ni sentía que debía aprovechar el tiempo para nada, y así estaba tranquilo. Me pregunto si soy tan géminis que comparto algo en Facebook con la mano derecha y con la izquierda borro lo que me queda de frente.

 Y de pronto, da-dan-daaan… un correo que me jaló las orejas.

A raíz de la compra de nuestro departamento a mediados del 2019, entre discusión y discusión con mi padre y nuestro agente inmobiliario, me habían animado a completar un curso para convertirme en agente hipotecario, como papá. Era algo muy distinto a lo que estaba acostumbrado, muy fuera de mi zona de comfort, y aún así muy prometedor. Una de las razones por las que habíamos escogido este departamento era por la proximidad a nuestros lugares de trabajo, y trabajar como corredor de hipotecas me permitiría trabajar desde casa. Un cachito de dinero extra para la boda que se venía y que al final tuvimos que posponer. El-oh-el. Y me inscribí, y estudié un poco, y me aburrí, y me olvidé. El libro se perdió entre más libros y papeles en la disque oficina de Kat ahora que trabajaba desde casa.

El correo me recordaba que ya se aproximaba la fecha de cierre para inscribirme y tomar el examen final de certificación. No recordaba nada de lo que había disque estudiado hasta ese entonces y ya estaba imaginando cómo justificar el no haber tomado el examen si es que a esas llegaba. Eran un deja vu de mis años de universidad, una oda a la aventura cuando me excitaba más conseguir extensiones de mis profesores a base de mentiras de último minuto. Ya extrañaba ese shot de adrenalina. Y Kat, toda bella, toda ella que se acuerda de todo y me lee la mente y el aura irradesciente, me preguntaba al mismo tiempo “Oye, ¿no tenías que tomar un examen por estos tiempos?

Así me mantengo sano, en mi comodidad. Disfruto el tiempo a solas, el ocio, sentir que el tiempo se pasa y vivo sin remordimiento alguno. Por más que me encante imaginar el futuro, no paso mucho tiempo planeando porque uno se muere en cualquier momento. Tampoco soy de vivir esporádica e impulsivamente. Yo vivo en mi burbuja y miro todo de lejos. Leo las noticias, subo y bajo el feed de Instagram como todos, comparto mi cuadradito negro para Black Lives Matter, hablo sobre las cosas que están de moda pero mantengo mi distancia. No me jodan y no jodo a nadie.

Tampoco me comparo con los demás. Creo que el tema de la salud mental ha evolucionado mucho en estos últimos años, aunque es algo borroso entre empatía y lo políticamente correcto. La gente sólo sube sus momentos felices; o las cosas que añora; o un throwback para el recuerdo porque todo tiempo pasado fue mejor. Tan pocos eligen subir el llanto de sus hijos, el respiro cansado de sus padres, la cochinada debajo de sus alfombras, las peleas de pareja, la caca en el inodoro. A lo mejor tengo piel dura, recia; una autoestima que me permite mirar al vecino y no querer nada de lo que tiene, ni a su mujer. O simplemente no quiero nada y vivo al borde del aburrimiento, contento. No me entristece que otros viajen y tengan más que yo, ni vivo deprimido. Así que igual te doy tu like y comparto la farsa de la alegría que subes a Instagram. ¿A lo mejor es apatía — que las cosas me den igual si no me afectan? ¡Salud!

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