Música para mis oídos

“Abrimos la próxima semana”, me escribió mi jefa hace cuatro semanas, “prepárate y comunícate con tu equipo”. Les escribí a todos, medio incrédulo y medio entusiasmado, recordándoles que poco a poco estaríamos regresando a la normalidad y que estén listos para cualquier cambio de planes de último minuto. A partir de ahí, cada minuto fue un cambio de planes. 

Primero, no sé de dónde sacaron que sería esa semana, porque la primera fase de reactivación acababa de empezar y la segunda no empezaría hasta después de dos o tres semanas. Mientras tanto, íbamos a la tienda en grupos de siete a ocho personas, en turnos, tratando de mantener distancia y sufriendo por el uso de mascarillas por 5 horas. Más parecíamos almacén de Amazon que Zara. Luego el clima se puso hermoso y jugoso y la gente se alocó por salir a los parques y olvidarse que aún estamos en media epidemia, contagiándose como por arte de magia o estupidez. De ahí, el gobierno hizo el anuncio de poder entrar a la segunda fase, pero excluía a Toronto y otras regiones contiguas por tiempo indefinido debido al número de casos en comparación con los suburbios. En realidad los casos en los hospitales han estado bajo control (dentro de lo controlable) y los nuevos casos diarios se han mantenido alrededor de 200 por dos semanas; aun así, el gobierno insistía cada lunes que Toronto aún debía esperar para no pecar de inocentes y evitar que los contagios se salgan de las manos.

Kat por su parte estuvo en un vaivén de emociones por renunciar a su trabajo en el hospital y empezar un nuevo trabajo en salud pública con la ciudad. Debido a la epidemia y la importancia de controlar la exposición en la personas que tienen contacto con alguien infectado, el enfoque del gobierno ha pasado a lo que llaman “contact tracing” y ha habido un sinnúmero de anuncios para contratar enfermeras en cada esquina disponible. 

Kat es una persona súper sociable y amigable, extrovertida; siempre hace amigos donde va y el grupo de su turno se había vuelto muy cercano, entonces le daba mucha pena dejarlos atrás. Eso y el hecho de que no podían perder empleados a estas alturas, pero la verdad es que las oportunidades para entrar en salud pública no vienen así como así, y quizás una a las quinientas llegas a pasar la primera ronda de entrevistas. Cuando le escribieron para pedirle que complete un perfil en línea para poder recibir su oferta, no se lo creía, y cuando finalmente la recibió, le dio un ataque de culpa por tener que dejarlo todo y empezar desde cero en un ambiente que no conocía y sabe dios si la necesitarán cuando todo esto se acabe… Aún así valía la pena, y se animó.

El nuevo trabajo de Kat, en medio de esta incertidumbre global, nos dio un soplo de tranquilidad a nuestras vidas. Trabajar en la industria de retail en estos momentos es más estresante por hecho de depender de las ventas y saber que una vez que las tiendas reabran no vamos a poder competir con los números de los años pasados. Quién sabe cuándo podamos vender lo que vendíamos hace un año, cuando podíamos alojar cuanta persona se asomara por la entrada, y ahora debemos limitar el número de clientes y mantener distancia y usar mascarillas. Hasta cierto punto yo tenía temor de no poder seguir ganando lo mismo, y a pesar de no tener los gastos de la boda a la vuelta de la esquina, uno igual tiene que mantener las ganancias que prometió a la hora de aplicar para la hipoteca. 

En medio de estos exámenes de conciencia y buscar un plan B en LinkedIn todas las noches por si me despiden o necesito un trabajo part-time, recibí una llamada de recursos humanos el viernes 12 de junio. La compañía ya se me había acercado a principios de año para discutir un ascenso a gerente general de tienda pero a causa del covid todo quedó en stand-by. “Hola Alejandro, ¿cómo has estado?” me saludó la voz suave desde la oficina, “¿listo para reabrir?” Una tranquilidad enorme se apoderó de mí. No me van a despedir… ¿Seguiremos con los planes de inicio de año? —me pregunté sin prestar atención a la bula de afuera. “Ha habido un cambio de planes”, continuó ella, y la tranquilidad se volvió pánico por 5 largos segundos.

Los planes a inicio de año eran que me fuera de la tienda más importante en Toronto en la que soy gerente del departamento de caballero, a la más nueva (y no tan importante o grande) que abrimos hace dos años como gerente general. Esta tienda en Oshawa estaba al otro lado de la región, casi una hora al este de Toronto en plena hora pico. Al principio me pareció una bofetada camuflada de ascenso, pero era una oportunidad para crecer y hacer algo nuevo. Bien dicen que el que necesita no escoge, así que me hice de la idea de tomar el toro por las astas, agregar un nuevo título al CV y no enfocarme en la distancia o el bajo volumen de ventas.

“Ha habido un cambio de planes. Ya no vas a ir a Oshawa”. Mierda —pensé—, me quedaré donde estoy, estancado pero con trabajo. “Estamos por terminar la renovación de otra tienda en Toronto. A raíz de los cierres, pudimos terminar meses antes de lo previsto. Necesitamos un gerente con tu experiencia para liderar a este equipo. Además, te queda más cerca que Oshawa y el volumen de la tienda es más alto, ¿qué te parece?”

Carajo. Felicidades Alejandro.

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