Despedidas

¡Qué gusto verte de nuevo! Disculpa, me fui sin despedirme. Han pasado casi dos meses desde la última vez que escribí algo para Covidiario, y justo cuando parecía ser una de las tantas cosas que empiezo y no termino, recibí un jalón de orejas camuflado de ultimátum por parte de Andrea. No hay excusas para no hacer tiempo, como cuando uno recibe un mensaje de texto y no responde porque disque no tiene tiempo. Tiempo hay, lo que no hay es disciplina o respeto por esa persona. Por uno mismo. Y encima yo que soy de olvidarme de todo, si no respondo ahí mismo, no respondo nunca porque no me acuerdo que tenía que hacerlo.

Sí, la vida ha estado ocupada. Desde que en Toronto empezamos a tratar de volver a la normalidad post-cuarentena hace un par de meses, he estado muy ajetreado con asuntos del trabajo y mi empeño por no querer decepcionar y demostrar que merezco el ascenso que recibí. Me cuesta llegar a casa y no abrir correos o escribirle a mi equipo para darles ideas o alguna impresión sobre las cosas que ocurrieron durante mi turno. He estado al mando de los horarios de los gerentes y un staff de más de 50 personas, el planeamiento de acciones comerciales y reportes de fin de obra que son de nunca acabar.

Este disque empeño me ha llevado al borde de ser un workaholic otra vez, un obsesionado con el trabajo que no sabe distinguir entre la chamba y la vida personal. No es la primera vez que ando tan ensimismado con la chamba, pero luego de tres meses de pare, es un cambio fuerte. Me ha valido también ya varias discusiones con Kat cuando quiere hacer algo juntos y yo estoy metido en lo mío, trabajando en mis días libres o antes y después de mi turno. Y de pronto, una luz del cielo cual espíritu santo en pleno río Jordán – una de las supervisoras de la oficina me dijo “¿Para qué te estresas tanto en demostrar que tu ascenso fue la decisión correcta? Ya habías demostrado que estabas listo, por eso te dimos esta oportunidad. Disfruta de tu nueva posición y recuerda que el estrés es contagioso”.

Por fin, un respiro.

***

Durante la pandemia, cuando Kat aún trabajaba en el hospital, lo más difícil de aceptar que el Covid era real y no una teoría de conspiraciones paranoicas, fue tener que imaginar el dolor de las familias que no podían despedirse de aquellos familiares en el hospital, justo a punto de morir. El feed de mis redes sociales estaba lleno de historias conmovedoras donde las enfermeras utilizaban una tableta o sus teléfonos para hacer videollamadas y Kat me contaba que era real – que ese dolor te estruja el corazón cuando ves a esa persona luchando por respirar tratando de sonreír para darle fuerzas a sus familias

En algún momento mi papá y yo comentábamos que mi abuelo se fue en el momento oportuno, justo antes de toda esta vaina. Perderlo en estas circunstancias hubiera hecho las cosas muchísimo peor – sin poder visitarlo, despedirte, o incluso atender el funeral. ¿Será que todo pasa por algo?

***

No es por tirarme flores a mí mismo, pero no es la primera que tengo que cambiar de locación a causa de un ascenso. La idea es que escales la pirámide corporativa pero nunca en tu misma tienda, ya sea para traer algo nuevo a la tienda que esté sufriendo o para no tener que supervisar a los que compartían tu mismo rango. Cada vez que he tenido la oportunidad de avanzar en mi carrera, siempre he tenido la oportunidad de juntarme con mi equipo y con los demás gerentes para poder despedirme de ellos. Es una cena de camaradería, para reirse un rato y desearles lo mejor a todos; para recordarles todas las cosas que les pasé y nunca les reclamé, y aconsejarles que no me dejen mal parado con el nuevo gerente entrante.

En fin, continuando con las costumbre covidianas, este año no se pudo.

Con los números del covid felizmente estancados dentro de lo manejable, las tiendas empezaron a reabrir de a pocos alrededor de la veintena de junio. Trabajamos en equipos para poder alternar y evitar contacto innecesario con el segundo grupo lo más que podíamos. Tratamos de distanciarnos en el área de descanso, de acostumbrarnos a usar mascarillas por varias horas consecutivas y perder el aliento entre oración y oración. Cuando el segundo grupo entraba, el primero ya estaba de salida y nada de abracitos ni ¿cómo has estado? Lo sentimos, aquí no hay lugar para ponerse al día.

Los restaurantes, en cambio, sólo ofrecían servicio de take-out o delivery. Algunos con más suerte en el diseño se dieron el lujo de reabrir sus patios o extender sus negocios en la calle, en la vereda o incluso en la pista misma. No habían lugares que acogieran grupos grandes por las restricciones de distanciamiento social, y juntarse con todo el mundo del trabajo fuera del trabajo iba en contra de todo protocolo establecido. O sea, ¿cuál es el punto de evitar cruzarte con fulanito en la chamba si te vas a juntar con todos al final del día?

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Supongo que no puede haber punto de comparación entre no poder despedirme de mis empleados; de no poder darle un último abrazo al equipo que tuve bajo mi mando por más de dos años, y no poder despedirse de un ser amado.

En una visita a la casa de mis futuros suegros por Canada Day, la hermana de Kat estaba de visita con una nueva adición a la familia — un perrito de dos años que habían rescatado de un albergue en Ottawa. Mientras intercambiaban historias sobre sus mascotas, Kat les contaba que ella preferiría no tener una porque detestaba encariñarse y luego perderla. En ese momento me puse a recordar a Negro, nuestro amado boxer blanco que dejamos atras en Lima cuando vinimos a Canadá. A vísperas de nuestro viaje mis padres ya habían decidido que no podíamos viajar con él por varias razones. Mi hermano y yo, por nuestra parte, andábamos resentidos con ellos.

Una noche regresaba yo a casa cuando mi mamá me pidió que vaya a recoger a Rodrigo de la casa de su amigo. El amigo vivía al frente, así que sólo grité “Rodrigoooo”, y a los pocos minutos mi hermano bajaba llorando. Lo primero que pensé fue que lo habían golpeado y ya estaba listo para reventarle la cara al mal amigo ese. Mi hermano abrió la puerta y me dio un abrazo desgarrador. “Se llevaron a Negro”, me dijo, llorando desconsoladamente.

Yo nunca llegué a despedirme, y aunque han pasado más de 15 años desde que llegamos a Canadá, ese perrito alocado sigue vivo, según yo. El Covid me lo ha recordado.

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