La despedida

En tiempos de corona virus, a 3,662 km de la casa, todo puede suceder. La falta de estabilidad me ha obligado a vivir muy zampada el presente, de lo contrario me vería obligada a lidiar con un sinnúmero de situaciones que, de otra manera, serian inaguantables. Los costeños, en su eterna sabiduría, me enseñaron que, para llegar a alcanzar la felicidad, una de las artes que se debe dominar es el de cogerla suave – habilidad fundamental para sobrevivir el ritmo de la Costa Caribe, así como este aislamiento obligatorio. Los cachacos le llaman a esta tranquilidad valeverguismo y es increíble, a menos de que haya algo imparajitable que necesite la intervención de un funcionario costeño. Ahí sí, no es que sean Zen, sino que tus problemas les importan ochenta y tres hectáreas de verga. Personalmente, he aprendido que cada día trae su afán y con estresarse no se soluciona ni mierda.

Por más que el COVID desgraciado nos haya perjudicado, yo tengo muchas cosas que agradecerle. Gracias a este virus de belcebú he tenido la oportunidad de convivir y compartir con gente increíble, en medio de los más bonitos paisajes que el país del sagrado corazón de Batman Camargo tiene para ofrecer. He visto ríos, montañas, mar y un nevado; todo desde el mismo sitio.  Además, me enseñó el valor de compartir con los que más lo necesitan y el enriquecimiento espiritual que viene al brindar una mano amiga. Le agradeceré toda la vida al COVID mugriento el haberme dado la oportunidad de mitigar el dolor que me producen las despedidas, de una manera muy especial.

Aborrezco las despedidas

Mis travesías por diversos lugares del planeta me han enseñado que a pesar de tener que despedirnos de aquellos que cruzan nuestro camino, nunca es un adiós definitivo. Siempre existirá la esperanza del reencuentro, lo cual abre las posibilidades de nuevas aventuras en un futuro – ojalá – no muy lejano. A lo que sí hay que decirle adiós es a la narrativa como la veníamos construyendo juntos ya que, dolorosamente, llega a su fin.

He llegado a comprender que me causa dolor tener que ponerle un punto final a un evento. Me hace sentir el paso del tiempo y la brevedad con la que a veces se vive. La unidad de medida del tiempo es la misma en todas partes. A menos de estar en CST (Costeño Standard time), una hora tiene 60 minutos, que equivalen a 3600 segundos. Con frecuencia uno se deja embolatar por pensamientos pendejos y no se da cuenta como se escabulle el tiempo entre los dedos. Una semana en vacaciones puede vivirse al máximo siempre y cuando se viva en el presente, pero si se anda emproblemado con la cabeza quien sabe en dónde, puede que a uno se le evapore el tiempo y le dé lo mismo estar frente a una pantalla o viendo el más bello de los atardeceres.  El cuento es que, a menos de que uno se tome a pecho lo de vivir en el momento, uno puede llegar a perderse muchas cosas.

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Sunsets that shall never be forgotten

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Al decir adiós, es inevitable que las lágrimas no rueden. En lo personal, lloro porque soy campeona del llanto en la categoría del ajá y porque siempre suelo dejar una pequeña parte de mí. A cambio, me llevo un sinnúmero de historias, recuerdos, risas y hasta malas experiencias que llegan a convertirse en buenas anécdotas.

Decirle hasta siempre a mi inmersión cultural de costeñidad me llenó el alma de sentimiento. En nuestro grado, Pokechu y yo cambiamos los birretes y las togas por sombreros vueltiaos y mantas guajiras.

Stella, Andrea y P.A.W en la ceremonia de graduacion en Santa Marta.
Honoris Causa en estudios NoJoda.

Fueron 4 meses de sol, calor, mosquitos, meditación, sobredosis de sabores, queso costeño y ron caña. También hubo caminatas por la plata alumbradas por la luna llena de las 11 de la tarde. En esos momentos, mientras se ve el plancton iluminando las olas, uno se da cuenta que por oscura que sea la noche, nunca ira más allá de ser penumbra.

Me quedo con la satisfacción de haber vivido al máximo.

La cuarentena en la costa me dejó la satisfacción del deber cumplido. De haber aprovechado la compañía de todos y cada una de las personas con las que compartí. El COVID desgraciado me regaló a Marta, una hermana polaca incondicional que me dio fortaleza cuando lo necesité. Me partió el alma despedirme de ella, a pesar de que hice un esfuerzo sobrehumano por contener el llanto. Se que Varsovia juntas está cada día más cerca.

Kurwi  💖

La cuarentena también me dio noches amenizadas por Pavarotti y me regaló la promesa de repetirlas desde el Golfo de Sorrento; algo que anhelaba con ansias así nunca se me hubiese ocurrido. Me obsequió parrandas cumbieras con amigos entrañables a los que nunca olvidaré, acompañados de los mejores cocteles que me he tomado en mi vida. Todos, y cada uno de ellos, hechos con mucho amor.

Tuve veladas de novela, maíz pira y butifarra desde la hamaca junto a mis vecinos bellos de Villa Cata; la mejor compañía en cuarentena. Con ellos celebramos cumpleaños, mudanzas y adquisiciones familiares. Siempre les estaré eternamente agradecida por todo ese cariño incondicional. Así como el de todos aquellos que me brindaron su amistad y compartieron conmigo momentos inolvidables. Tener que decirles adiós fue durísimo. Sin embargo, tengo la certeza de que los llevaré siempre en mi corazón.

La mejor familia de la vida.

Al mar le entregué mi incertidumbre, mi dolor y mis penas. En cambio, me regaló los más hermosos atardeceres que haya visto en mi vida (y he visto muchísimos). La energía incomparable de la Sierra Nevada me llenó de fortaleza y verraquera para salir adelante sin importar las adversidades. De creer en la persona que soy y de luchar por lo que creo. De soltar las ataduras del rencor y el dolor. Todas esas enseñanzas me han permitido soñar en grande y eso me da paz.   

En la Costa Caribe dejé más de lo que había anticipado. Haberle devuelto la vida al suelo de la comunidad Wiwa del Rio Jerez en la Guajira no tiene precio. A cambio, mis hermanos Wiwa me regalaron la certeza de que uno está en donde debe estar. Se que durante nuestro próximo reencuentro podré ver los frutos del cariño con el que pude colaborarles en su momento.

“Tu no conocer Wiwa. Serankua te trajo para que TU conozcas Wiwa.”

No se cuantas despedidas más me falten hasta el día que pueda llegar a casa y tratar de digerir esta travesía. Esa incertidumbre, hoy por hoy, no me desvela. Por el contrario, estoy dichosa por seguir en la mejor compañía, llena de salud y con muchísimos paisajes más por devorarme. Y en las palabras del compa’ Diomedez: Con mucho gusto.

Hoy desde el Valle de Aburrá. Mañana desde cualquier lugar del mundo.

Desde la Ciudad de la Eterna Primavera, un abrazo fraterno y gracias por seguir estas aventuras.

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