La dorsal latinoamericana

Mi vida en el hemisferio norte consta de muchos elementos, entre ellos el más consistente hasta el momento ha sido la música. Es algo que suelo tener presente en todo momento: mientras trabajo, en el metro, en el gimnasio e inclusive, al terminar el día. La música ha sido mi compañera toda la vida y era uno de los vínculos más lindos que compartía con Muñi. Esa es una razón más para llevarla aun con más fervor y a veces siento que me falta sangre en las venas para sentir. A través de la música he conocido un centenar de cosas, lugares y personas inolvidables.

Cualquiera que me conozca sabe que, si hay algo que me fascina dentro de todo ese caldo musical tan sabroso, es la cumbia – #SheppardForever. Mi estimado lector, si hasta ahora se viene desayunando al respecto, déjeme contarle que recibí al menos 10 pésames cuando falleció mi amado Pastor López.

#SheppardForever

A veces siento que parte de mi responsabilidad como latinoamericana incluye difundir el amor a la cumbia en todas sus modalidades. Desde la más rebajada en Monterrey, hasta la más vishera en la Pampa. Entre estos dos extremos, se encuentra la profunda riqueza cultural a la que le debemos el origen de nuestra identidad musical.

Hace algunos días escuchaba el podcast de mi historiadora de cabecera, Diana Uribe, acerca del papel de las mujeres en América latina. Es así como me enteré de que la historia cubana es cantada: Desde el anhelo de un pueblo por un cambio político, el cual muchos veían en Fidel, hasta la llegada del beisbol a la isla. Lamentablemente y a pesar de la alegría de los ritmos, la vida no siempre fue un carnaval. Muchas de las melodías radicaban en mensajes colmados por la nostalgia y, en algunas ocasiones, era la manera más apropiada para expresar el dolor de un exilio.  Para la muestra, un botón: la Guarachera de Cuba, Celia Cruz.

Celia
Azuuuuuucaaaaaaaa

El saudade de Celia transmitido a través de su música fue uno de los fundamentos que la convirtió en la mujer más memorable del ámbito salsero. Como ella ¿Quién más? Antes de escuchar la historia, nunca me había llegado a imaginar la vida de Celia Cruz. O sea, nunca llegue a preguntarme que comía la señora o si dormía empijamada. En realidad, nunca había llegado a considerar la mortalidad de Celia Cruz. Y hace tan solo unos días vengo a enterarme que desde los 60 nunca pudo volver a la isla.  

Imagínese lo que es salir de viaje y que no lo dejen volver a entrar a su patria. Bueno, pues eso fue lo que le pasó a Celia. El dolor del exilio y la vida le dieron la oportunidad de interpretar letras que reflejaban sus sentimientos, sin importar quien las había escrito. A Celia le importó un carajo que hubiesen sido canciones de amor; ella les dio alma y motivo. Me enteré que, en 1990, Celia dio un concierto en la base militar de Guantánamo y luego de culminar la invitación, agarró una bolsa y le echó tierrita. Luego pidió que el día que se muriera, la enterraran con la tierra de su natal Cuba – qué gonorrea. Contamos con la fortuna de su gran talento, en gran parte causado por su dolor, nos dejó en un legado salsero impresionante y gracias a esos eventos de la vida, el mundo conoció a astros como Rubén Blades, entre otros.

El caso de Cuba y su conexión histórica con la música refleja un aspecto importante de lo que denominamos cultura latinoamericana. En el caso de esta historia – por si lo olvidaba – estamos hablando de cumbia. Las raíces de la cumbia, como tal, hay que agradecérselas a nuestros antepasados africanos, quienes llegaron a la América durante el siglo XV de la peor manera posible y para los propósitos más pendejos del mundo. Forzados a camellar como animales, muchos comenzaron a escaparse – y con toda la hp razón – a volver a los asentamientos tribales ancestrales. Esos cimarrones se perdían selva arriba y se asentaban en palenques. Fue tanto en los palenques como durante el trabajo forzado que los africanos vieron que no eran los únicos siendo esclavizados por el color de su piel. A su lado, nuestros ancestros de un sin número de culturas indígenas trabajando como bueyes. Gracias a la fusión cultural de las diversas etnias indígenas con las cientos de culturas africanas por varios siglos, en la zona en que confluye el Río Magdalena y el Río César, y en la zona de Cartagena de Indias, todo esto al norte de Colombia, nacieron una serie de ritmos de la misma familia, como el bullerengue, el fandango, la pulla, el porro y, desde luego, la cumbia. En ella encontramos una identidad que nos conecta a todos lxs latinxs de alguna manera.

San Bacilio de Palenque presente en la UN.

Por razones del destino – cero coincidencias – di con un sujeto de lo más interesante, llamado Leo, con el que tuve la fortuna de compartir muchas horas. Hablábamos de nuestras vidas como tal y me comentaba acerca de un colectivo en Barcelona que emplea la cumbia como herramienta para generar conciencia política. O sea, hay un grupo de personas que organiza un cumbión en una calle con parlantes enormes que en cualquier momento están listos para lo que se viene. A medida que va pasando un paisano le dicen ajá… y wepa je, se forma el rumbón. Más allá del festejo anarco, utilizan la música como medio para expresar opresión. Así haya prosa o poesía, se recita al ritmo de una tambora.

La cumbia cienaguera se baila sabrosona en Barcelona

Así mismo me di cuenta de que, de una forma u otra, la cumbia es la espina dorsal que une la identidad latinoamericana. Para mis paisanos colombianos, la cumbia es parte fundamental de una celebración navideña. Suena Pastor y ¡Llegó diciembre HP! Nosotros en la diáspora, le tenemos un cariño inmenso a la cumbia. Recordaba con gratitud las noches de cumbia vishera en Maná, un bar en la pequeña Italia torontiana, los dos conciertos de Pastor López en Toronto, de las noches harmonizadas con lo mejor de Lizandro planeando el lanzamiento de AnarCumbia con el Podrix, de los conciertos en London de los Gaiteros de San Jacinto en pleno Sunfest y hasta de la fiesta de verano en la casa de Lido Pimienta con la crema y nata del cine latino en Toronto.

Candelaria de mi vida y mi Muñi 💙

La cumbia es tan nuestra y nos une a pesar de nuestras distancias nacionales, regionales e ideológicas. Nos identifica culturalmente y es una parte bellísima de ser latinx, o en las palabras de Leo el Suave: la cumbia es un derecho humano.

PS: escoger la foto para este post fue un camello hasta que recordé que en mayo del 2015 estuve en Turku, capital cultural europea, visitando Turun linna, en donde me imagino que la reina Catalina de Sajonia-Lauenburgo y el rey Gustavo I hubiesen bailado al compás de las gaitas y la tambora, así como esta servidora y amiga,

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