Cumpleaños Feliz

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En los últimos años Kat y yo hemos enfocado nuestra creatividad en sorprendernos cada vez que podemos, mandando invitaciones a nuestras espaldas para la fiesta sorpresa perfecta, recaudando dinero para un regalo inesperado, acumulando videos con saludos de gente que no vemos hace tiempo; y la verdad es que hay un no sé qué detrás de esa reacción que hace que todo el esfuerzo valga la pena. Sin embargo, con el pasar de los años, se volvió algo tan común que llegamos a esperarlo, al punto que nos pedimos dejar de hacerlo. Por ejemplo, para mis 30, Kat quiso planear una reunión en un parque y de tanto fisgonear le adiviné la sorpresa. Aún así la pasamos bien, pero uno se vuelve viejo para esas cosas, ¿sí o no?

La cosa es que justo cuando pensaba que este año no habrían sorpresas ni gastos exorbitantes, Kat se las ingenió para sacarme del apartamento con la excusa de preparar nuestros impuestos en casa de sus padres una semana antes. Cuando regresamos por la tarde y metí la llave para abrir la puerta, me confundí porque estaba sin seguro; la empujé y habían globos de colores por todo el piso, un pastel shortcake de fresa en la isla de la cocina y un cuchicheo de nuestros amigos que se habían dispersado para esconderse y sorprenderme. A la mierda con el distanciamiento social, tequila shots para todos y muchas gracias por venir.

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Tengo la suerte de siempre poder celebrar mi cumpleaños con los que quiero. No soy de esperar con ansias el día de mi santo por el solo hecho de celebrar un año más de vida, pero me encanta rodearme de gente cuya compañía disfruto, y más que nada, mi familia… aparte es una gran excusa para emborracharse con los amigos como dios manda, lo suficiente para no acordarse. Usualmente cuando hay fiesta y parranda es justo antes o después del 29, así que suelo pasar el día mismo con mis padres, mi hermano y mi novia. Este año no fue diferente a pesar de las diferencias, felizmente.

Ya habiendo podido ver a mis padres y abrazarlos por el cumpleaños de mi mami hace un par de semanas, planeamos celebrar el mío con una comida familiar. Por cuestiones de la vida, Kat tenía que trabajar esa noche en el hospital y yo tenía un turno corto en la tienda durante la tarde, así que optamos por un desayuno en casa de mis padres. Cuando llegamos alrededor de las 10:30, un olorcillo a Perú nos dio la bienvenida. El menú que nos esperaba era algo que no había comido en muchos años —pan con chicharroncito hecho en casa, con su camote y zarza de cebolla roja. Puta qué rico. Hasta Kat se animó a comer un sanguchazo y al día siguiente me reclamó por no habernos traído las sobras para comer un recalentado. Pero lo que más me hizo el día fue abrir los regalos. Ya les había dicho con anticipación que no había necesidad este año. Considerando que nuestros estilos de vida y finanzas han cambiado, que mis padres están de “vacaciones indefinidas” y mi hermano estaba por mudarse, lo más importante para mí era poder disfrutar esa comida con ellos.

En el counter de la cocina había una canasta de regalos que mis padres hicieron ellos mismos, llena de quesos y chips y vinos; y una bolsa de regalo de mi hermano. Dentro de esta bolsita había una tarjeta, chucherías y dulcecitos que siempre compro por mi cuenta en la tienda del dólar, un trofeo de plástico que decía “#1 Bro” y un juguetito de cachascán del Undertaker que me trajo los recuerdos más dulces de mi juventud con mi hermano. Algo tan pequeño y barato me produjo la alegría más profunda que no sentía hace años. Rodrigo y yo hemos tenido una relación medio distante y medio rocosa; un vaivén de carcajadas y mandadas a la mierda que lo son todo. Todo. Por eso le pedí hace unas semanas que sea mi “best man” en mi boda; porque no somos las dos personas más cercanas del mundo, pero es mi hermano y lo amo con toda mi alma. Y él, a su manera, me ama también.

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En el trabajo me saludaron también. Me compraron mi cheesecake y hasta me cantaron happy birthday con mascarillas.

En la noche, ya en casa, tuve una videollamada con mis mejores amigos del Salesiano y nos pusimos al día con nuestras vidas, y no faltaron las bromas de toda la vida, los recuerdos de mi visita el año pasado y nuestros planes a futuro a pesar de la incertidumbre. En medio de la llamada también me llamó el esposo de la prima de Kat. Unas horas antes acababan de darle la bienvenida a su hijita Breanna y querían que la conozca. Ese también fue un regalo espectacular porque hay una bebé que comparte mi cumple y podré cuidar hasta que me toque cuidar de la mía.

Hay un meme en las redes sociales sobre las personas que pensaron que celebrarían su cumpleaños como siempre, que el covid se iría pa’ su casa justo a tiempo y resulta que no; y se repite todos los meses conforme los gobiernos anuncian que las medidas de emergencia y seguridad se extienden dos semanas más, y luego dos más, y luego un mes por si acaso…

Y así hemos estado por meses, esperando despertar un día y que nos digan en las noticias que se acabó, que encontraron la cura, y aún nada, pero mi cumpleaños en cuarentena fue perfecto. Quería tan poco y la vida me dió tanto que hasta me siento endeudado.

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