Oda a la rutina

Mientras les dábamos los últimos retoques a nuestras entradas sobre tener ganas en esta cuarentena, Andrea me mencionó que ya estaba trabajando en el siguiente reto. A ella le pasan miles de cosas en un solo día a pesar de estar prácticamente desconectada del resto de mundo; tiene un aura mágico y magnético que atrae todo tipo de acontecimientos (véase su biografía), así que sólo podía imaginarme lo que nos podría regalar en esta ocasión. Por mi parte, me pareció interesante poder compartir algo inesperado y fuera de lo ordinario que haya sucedido durante estos dos meses de confinamiento, pero no me puse a pensar que dentro de lo catastrófico que ha sido esta pausa forzada en nuestras vidas, mi cuarentena ha sido muy tranquila y hasta aburrida. Más allá del embrollo a finales de marzo de tener que posponer nuestra boda hasta el próximo año, no han habido más hipos en nuestra rutina diaria… al menos en la mía.

Veamos, dijo el ciego.

Mientras nos acercábamos al Día de las Madres hace unas semanas, Kat y yo decidimos encargar unas canastas de regalos para nuestras mamis y la madrina de nuestra boda, una señora súper buena gente amiga de su familia que ha sido un amor con nosotros desde que empezamos a salir. Ella también es enfermera y en realidad fue ella quien empujó a Kat a que siguiera esta noble profesión. En fin, gracias a un post de agradecimiento que la mamá de Kat subió a Facebook, nos enteramos que los regalos llegaron una semana antes de lo previsto, y a las pocas horas nos llegaba un mensaje similar de mi mami por WhatsApp. Con ansias esperamos oír de nuestra madrina pero no pasó nada, y estábamos con las manos atadas porque no queríamos preguntar si había recibido algo y arruinar la sorpresa, así que caballero nomás, a seguir esperando.

En Facebook veíamos que su actividad diaria seguía igual, y chequeamos por ahí porque Kat me contó que los filipinos tienden a agradecer por Facebook antes que por mensaje o llamada. Llegó el viernes y nada. Yo ya andaba preocupado porque además mi papi me había contado que la mesita de maquillaje que habíamos comprado en línea para mi mami tampoco había llegado aún y era poco probable que hagan delivery el sábado. Era entendible por el incremento de órdenes durante la cuarentena, ¡pero nuestras madres ya habían recibido sus canastas! Le pedí a Kat que le mande un mensaje, algo solapa como para preguntar cómo había estado y cuáles eran sus planes para el fin de semana, a ver si soltaba algo, y lo que nos soltó fue más de lo que esperábamos.

Nuestra tita, como cariñosamente los filipinos llaman a sus tíos, había estado en aislamiento preventivo en su sótano por dos semanas porque había sido expuesta a un paciente con covid en el hospital donde trabaja. Cuando lo admitieron mintió sobre no tener ningún síntoma relacionado a la enfermedad y se salteó el testeo, poniendo en peligro a todo el staff y pacientes de la unidad. Felizmente nuestra madrina dio negativo luego de las dos semanas y pudo recoger su canasta un día antes del día de las madres, pero esta historia tan cercana subió nuestros niveles de alerta y paranoia. Por la redes sociales hemos visto cómo cientos de trabajadores esenciales de los hospitales tienen que estar separados de sus propias familias por prevención; algunos incluso durmiendo en diferentes habitaciones o hasta rentando algún Airbnb.

Poco a poco Kat ha tenido que encargarse de más y más casos activos de covid-19 en el hospital donde trabaja. Cada día es una aventura nueva, una mirada a lo desconocido y una oportunidad más para pedirle a Dios que la cuide… si me acuerdo. Cuando voy a recogerla no nos besamos; sólo atino a preguntarle cómo le fue en el trabajo y escucho con detenimiento su actualización del día. La mayoría de casos vienen de las casas de retiro y ella me jura y me rejura que se está protegiendo adecuadamente con el equipo que les proveen. Ya en casa el uniforme de enfermera va directo a una canasta designada para la ropa que sale de la casa, y solo nos saludamos como Dios manda cuando termina de ducharse. Tratamos de mantener la calma y no darle cabida a los miedos, pero ¿cuándo vamos a empezar a vivir tranquilos sin miedo?

La verdad es que no han habido eventos inesperados más allá del covid –qué cliché pa’ masticado, ¿no?– pero todos los días vivimos pidiendo que más bien no pase nada, y sólo así uno puede dormir tranquilo. Un evento inesperado puede ser cualquier cosa; una piedrita en el zapato, un estornudo, una rascada de ojo, una sacada de moco. Pasé de ser alguien que elegía no hacer muchos planes a futuro a alguien que no sabe si puede. Un día le pregunté a Andrea si se regresa y me respondió “¿para qué?”. A eso hemos llegado, a encontrarle tan poco valor a lo que nos espera con los brazos abiertos cuando despertamos. ¿Qué pasaría si nos extienden el estado de emergencia y tenemos que posponer la boda más allá del año y medio? ¡O si nos extienden el estado de emergencia por dos meses más y a mi madre se le ocurre prohibirme las visitas hasta que encuentren vacuna! Vivir así no cuenta, y aún así seguimos vivos.

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