Habemus Deus

Uno

Cuando me alistaba para la primera comunión en cuarto grado de primaria llegué a tomarme los pasos de preparación muy en serio —examen de conciencia, arrepentimiento, confesión; y revisé cuanta acción pudiera incluir en los casilleros de cosas en contra de los diez mandamientos. Para mí esos eran pecados. O sea todo. Cualquier cosa que no fuera seguir un mandamiento al pie de la letra, pum, pecado. Hice mi mejor esfuerzo por no olvidarme nadita de nada; y resulta que a mis cortos 9 años ya era un pecador en serie. Más allá de los pecados capitales, que ni los entendía, yo estaba seguro que sólo me faltaba matar a alguien para poder ganarme la lotería de belcebú y calificar para ser secretario del mismísimo diablo. Eso me aterraba.

Unos días antes de la ceremonia estábamos todos en la capilla de la primaria, cada alumno con su separata y su lista de pecados que debía recitar en confesión al sacerdote de turno. Yo por mi lado quería con todas mis fuerzas sentir algún tipo de conexión con Dios. Mientras veía a cada compañero recibir su penitencia y la bendición del cura, yo trataba de concentrarme y encontrar en mi mente alguna imagen de Cristo hablándome o extendiéndome la mano para guiarme por el resto de mi vida. Nada. Recité mis pecados, recibí mi penitencia, recé y a los dos días comulgué. El cuerpo de Cristo se me quedó pegado en el paladar por un buen rato a pesar del sorbito de vino, pero de ahí a sentirme uno con el Señor, ni tanto.

Más de veinte años más tarde, aún trato de encontrar esa imagen de Cristo extendiéndome la mano. Tengo un deseo infinito por sentir lo que sienten las personas de fe, por sentir ese calorcito que los invita a regresar cada domingo a la iglesia para escuchar el mismo guión de 40 minutos. Yo también quiero experimentar el espíritu santo y subir cincuenta posts a mi Facebook sobre cuán grande es Dios, y defender a capa y espada mi religión ante la amenaza de… ¿qué?

Dos

No digo que Dios no exista, sólo que no sé sentirlo. Más adelante cuando me estaba preparando para la confirmación, cambié de colegio. Si no era parte del colegio, no podía continuar con la preparación con mis compañeros, así que a partir de ahí pensé que nunca tendría que hacerlo. Antes de casarme seguiría algún cursillo para certificar mi fe con diploma y todo; total, entre idas y venidas, he aceptado que un ser supremo y superior es responsable por el universo —al César lo que es del César (Mateo 22:21). También creo en la vida después de la muerte, aunque más por miedo y conveniencia, creo. Por ejemplo, a veces uno pide perdón porque está arrepentido, y otras para no terminar en el infierno. Pregunta: ¿eso es temor de Dios o temor al infierno? ¿Si pides perdón por temor no cuenta?

Tres

Lo más común que uno puede decir cuando alguien fallece es que están en un lugar mejor, y aún así nunca he tenido la certeza, pero digo lo que digo porque es lo correcto. ¿Que si la persona no fue tan buena y no se va al paraíso? Igual hay que decir que están mejor al otro lado. ¿Cuánto tiempo pasa uno en el purgatorio? Y ni qué decir del río de las almas en la película Disney de Hércules, si al final los dioses griegos no son más que una de las tantas representaciones de las cosas que existen, de una u otra forma, en este universo o el siguiente. 

Y en eso la muerte tocó la puerta y se llevó a alguien de mi familia. Ahí la cosa cambió. 

La última vez que vi a mi papá antes de tomarnos la cuarentena en serio fue en la misa por los tres meses del fallecimiento de mi abuelo. Llegué tarde para variar. Ahí estaban mi mamama, los cuatro hijos y mi primo. Escuché la segunda parte de la misa y traté de mantener la solemnidad de la ocasión. Al final nos saludamos todos con los codos y mientras el resto hacía planes para un cafecito, me acerqué a mi padrino y le dije “me siento perdido”. 

Cuatro

Cuando empecé a pasar las noches en la residencia universitaria de mi novia, noté que a veces se quedaba callada justo antes de irse a dormir y resulta que estaba rezando, pero nunca me lo había contado. Creo que hasta ese entonces nunca habíamos discutido a fondo nuestras religiones, y la verdad es que nunca ha jugado un papel muy importante. Siempre he querido creer que uno es más de lo que cree, y sin embargo tengo el alma entrelazada con rezar antes de ciertas cosas. Antes de cada viaje con mi familia, rezamos y nos encomendamos al Señor. También cuando volvíamos a casa sanos y salvos, y antes de cada cena familiar, agradecemos por los alimentos. 

Desde entonces, Kat y yo rezamos juntos la mayoría de las noches. Incluso tenemos un juego de meternos a la cama y decir “tú reza” y el que pierde reza, como si fuera castigo. Cuando la escucho se siente bien oír su oración lanzada al vacío de la noche; y cuando me toca rezar agradezco por el día que nos tocó vivir y por estar a salvo. Pido que se bendiga a nuestras familias y amigos, y últimamente pedimos por que el mundo salga de esta mierda.

Supongo que no soy el único hipócrita que se dirige a Dios cuando quiere algo, pero hoy por hoy sólo pido que mi novia y nuestras familias y amigos estén sanos. Más allá del causa y efecto que nos lleva a la muerte, pido a Dios que nos proteja, si se acuerda. Con suerte Cristo sigue ahí extendiéndome la mano mientras yo estoy mirando al otro lado.

María Auxiliadora de los cristianos, ruega por nosotros.

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