Planeando ando

No soy una persona muy organizada y he aprendido a quererme así. La mayoría de veces tiendo a dejarme seducir por la flojera a sabiendas que hay tiempo de sobra para acabar las cosas, y ahora en tiempos de covid, tiempo de sobra me sobra. También hay cosas que uno puede querer hacer, pero no necesariamente planea hacer. Por ejemplo, de joven quería ser escritor y publicar novelas, pero nunca planeé en hacerlo. Al contrario, siempre pensé que pasaría así nomás, como por arte de magia. Algún día me iba a despertar con un libro publicado al costado de la cama sin haber hecho ningún esfuerzo —bien bacán mi fantasía. Supongo que esa es la diferencia entre querer algo y quererlo de verdad, pero a mí no me sirve eso de estar agendando cada evento de la vida, cada cita y cada actividad del dia.

Recuerdo claramente, como si estuviera en frente mio, la agenda de mi papá. Él es un señor muy organizado, y hasta muy vieja escuela diría yo. Cuando salieron las agendas electrónicas y toda la gente chévere empezaba a integrarse y adaptar esta nueva tecnología, él seguía con su agenda encuadernada y la llevaba a todas partes. Incluso recuerdo verlo triste cuando la perdió en un tren del TTC aquí en Toronto poco después de haber emigrado. Estoy más que seguro que terminó comprándose otra, resignado pero empeñoso por seguir la tradición. Yo por mi parte traté de seguir su ejemplo lo más que pude, hasta que ya no pude. Año tras año compraba agendas nuevas y le metía hartas ganas al asunto, lo juro. Cada enero empezaba por los cumpleaños mis amigos y familiares, y a partir de febrero el polvo ya empezaba a notarse. Katrheena también es de la escuela de mi viejo hermoso y tiene todo itemizado. Todo. Hasta me compró una agenda por mi santo hace un par de años, y la encontramos vacía hace unos días cuando decidimos limpiar nuestras cajas de papeles y chucherías. 

En fin, les cuento que antes de toda esta desafortunada vaina a raíz del covid, yo andaba de arriba para abajo planeando nuestra boda, como nunca. Con los horarios de Kat, sólo teníamos ciertas horas cada ciertos días para poder sentarnos y hacerlo juntos. Fuera de estos tiempos, cada uno hacía lo que podía por su cuenta: invitaciones, correos, seguimientos con las compras, pinterest, etc., hasta que llegó enero (bendito enero) y cumplimos un año de haber estado enfocados en la boda. Sin darme cuenta el tiempo se había pasado volando y Kat era la única consciente de cuánto faltaba. La saludé en nuestra fecha aniversario y le recordé, emocionadísimo, que nos quedaban sólo siete meses y ella, todo un amor, me corrigió. Son seis. 

La fecha mágica era en julio. Era porque ya no. Después de semanas de tratar de entender cuán grande era esta situación, de tratar de adivinar cuánto vaya a durar, tomamos la difícil decisión de posponer la boda. El plan más grande de mi vida, hasta el momento, se ha visto afectado por la pequeñez más grande que aqueja al mundo en estos momentos. Mejor dicho, la única vez que puse de mi parte por mantenerme organizado y tratar de hacer las cosas tal cual estaba planeado, no cuenta. A la mierda con los calendarios. 

Qué curioso, ¿no? Mi primera entrada en este blog fue algo entre un sueño y despertar agradecido por poder despertar, pero me quedaba un poquito de esperanza de que el sueño se acabase pronto. Ahora esta es nuestra realidad, aunque seguimos despertando, muchos más que otros. Supongo que eso también es parte de la vida —saber adaptarse a pesar de la adversidad; entender que aún cuando tienes todo planeado, un estornudo puede cambiarlo todo, y a uno solo le queda decir salud y al otro gracias.

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