Planes

En cuarentena, mientras tenga que trabajar, todos los días son lunes.

¿Qué puede uno planear cuando está encerrado indefinidamente?

Antes, planeaba aventuras, viajes, rutinas. Planeaba hacer mercado, una salida entre semana, a lo mejor un concierto, unas cervezas no planeadas, visitar un restaurante nuevo, diseñar un menú, encontrarme con mis amigos o hasta ir a lavar la ropa.

Hoy en día, la mayoría de mis planes son a muy corto plazo. Duré 4 días esperando el mega plan de cuarentena: ver el gran estreno de dos novelas por el canal Caracol. Me emociona la idea de retrocederme 20 años y tener que sentarme a la misma hora, por el mismo canal para ver solo un capítulo. Luego, esperar llena de incertidumbre a que pase todo un día para ver cómo continua la historia. Qué bonita es la idea de volver a los placeres básicos, esos que existieron mucho antes de que pudiésemos darnos el lujo de consumir series de un solo chorro. Así como, mágicamente, se consume una pizza de 10 porciones en una sola sentada – sucede.

Mejor plan de cuarentena: estreno de novela y maíz pira deluxe
Mejor plan de cuarentena: estreno de novela y maíz pira deluxe

La primera producción que se estrenó el 15 de abril se llama La Venganza de Analía. No sabía de qué trataba pero, después de ver el primer capítulo, pinta bien. Para mí, toda serie con Carolina Gómez como protagonista, siempre es prometedora. Aparte, la señora es preciosa y, con el debido respeto que se merece, le da caldo de ojo a cualquiera. Inmediatamente después, se estrenó El General Naranjo, basada en el libro de Julio Sánchez Cristo, El General de las Mil Batallas, en sucesos históricos, personajes reales y otros bastante imaginarios. Me llamaba más la atención la del General Naranjo, pero luego de haber visto el primer capítulo no pienso ver violencia por aburrimiento. Para eso, prendo un noticiero.

Hablemos de las telenovelas

Creo que todo individuo que se haga llamar latinoamericano, en algún momento de su concurrida vida, ha estado involucrado con una telenovela; ya sea por gusto propio o por osmosis. Piénselo por un momento. Puede que usted no haya sido novelero, aun así, le aseguro que en algún momento de su vida se llegó a escuchar una novela en algún rincón de su casa. Muchos hicieron tareas con la novela en el fondo, o inclusive, la novela de la noche pudo haber llegado a suspender todas las actividades del día, para sentarse en familia a ver un capítulo más de Betty la Fea.

No crea que las novelas son conocidas solo por una audiencia iberoamericana. Venga le digo: después de haber vivido tanto tiempo en el polo Norte, me he dado cuenta que las telenovelas han cruzado fronteras muy remotas. Por ejemplo, mi amigo Nian -orondo de Chengdu, China- me comentaba en varias ocasiones sobre su niñez viendo Pasión de Gavilanes en la sala de su casa. El hombre cayó rendido ante la belleza de tanto hembro (y ¿Quién no?). Yo pensé que la única novela colombiana que había sido una sensación internacional era Betty la Fea y, mire que no.

Telenovelas, cargadas de drama, me han acompañado en varias etapas de la vida desde que era cachorrita. Cuando pienso en la primera novela que llego a mi vida, tengo un recuerdo tétrico, bastante característico de mi generación. Si quiere revivir traumas, lo invito a que escuche tan solo 15 segundos del siguiente video:

¡Qué manera de traumatizarlo a uno! Nunca vi la verrionda novela completa, pero si me cambió la vida esa canción demoniaca.

Afortunadamente para todos, el propósito de las novelas no es mandarlo a uno al manicomio. Hay unas que nos han hecho soñar con un futuro idílico, al lado del mar, en un clima tropical con la mejor compañía y atardeceres ilimitados. En mi caso, esa novela fue La Costeña y el Cachaco, drama que refleja unos contrastes ideológicos magnánimos entre las culturas orondas de Colombia. Amigo lector, si usted no es colombiano y no conoce muchos paisanos, déjeme informarle que, a pesar de ser hijos de una misma tierra, somos muy pero MUY diferentes. Hablamos diferente, pensamos diferente, hasta comemos diferente.  Por un lado, está la costa colombiana, con su eterno mantra de cogerla suave, mientras que la gente de la capital es un poco más afanada y vive la vida a mil por hora.

Volviendo a La Costeña y el Cachaco

Imagínese a una persona que solo oye música clásica, detesta la bulla, el trago y el calor, es psicorrígida, estricta y más cuadriculada que un cuaderno de matemáticas. De la nada, termina en un sitio en donde una región entera es antónima a todo lo que conoce y le gusta: La gente vive sin ningún afán, es bullosa, extrovertida, toma-trago, rumbera y ¡ajá!  ¿Qué sería lo peor que podría pasar? Ni para que le digo…

En fin, esa novela me puso a soñar con una vida simple en la paradisiaca Santa Marta, incluso con mi amiga fiel, Carolina Martelo, ya habíamos decidido que, si no conseguíamos trabajo después de graduarnos en la universidad, nos mudaríamos a la bahía más bella de América a vender chontaduros y a cogerla suave porque ¡Ajá!

A la orden el Chontaduro de Caro Martelo y esta servidora
Chontaduro sabroso, atendido por sus propietarias.

Spoiler: 10 años más tarde, ¿Adivinen dónde ando pasando cuarentena?

Hay novelas muy buenas y otras que son unos huesos completos, pero como dice el dicho: Para buena hambre no hay pan duro.

Cuando nos mudamos para Canadá en 2001, la realidad de mi familia dio un giro drástico. Mis papás cambiaron su vida laboral por el estudio y la convivencia 24 horas al día, 7 días a la semana. Estaban juntos todo el tiempo y, si usted en este momento se encuentra acuartelado con su media naranja, sabe lo contraproducente que puede llegar a ser semejante cambio tan drástico y el impacto que puede tener en su relación. En fin, cambiar repentinamente de rutina y perder el derecho a los espacios enloquece a cualquiera.

En 2001, recién desempacados en la ciudad de London, ON, conseguimos un televisor, al que a veces se le iba la imagen. ¿Cómo lo arreglábamos? Sencillo. Mi papá le zampaba un puño en la parte de arriba y ahí si funcionaba juicioso, hasta que un año después, se cansó del abuso y sacó la mano. Fue en ese televisor que mi familia y yo descubrimos un par de placeres bastante vergonzosos: Laura en América y las telenovelas mexicanas. Tiempos aquellos cuando todos llegábamos a la casa, cual familia Simpson a sentarnos en el sofá, sagradamente, a ver la única hora de televisión que valía la pena.

En ese entonces, mis papás tenían clase de ESL (inglés como segundo idioma) todo el día, mientras yo estaba en el colegio. Solo había un canal que transmitía programación en español como por 2 horas al día que comenzaba a las 4:30pm con Laura en América. Reitero: en tiempo de guerra, cualquier hueco es trinchera. Fue tanto el impacto de la señorita Laura en nuestras vidas adolescentes hispano-canadienses que cuando estaba en mi ultimo año escolar, tomé español como electiva y mi presentación final fue un dramatizado al mejor estilo de la señorita Laura. Gracias al interés y participación de todos mis compañeros, la presentación fue un éxito. Absurda, pero digna de un Oscar. Con decirle que hasta tuvimos la sección de “Rueda el video” en donde se podía observar al desgraciado (protagonizado por un compañero venezolano llamado Ricardo Soto) teniendo un amorío.

Luego de los 30 minutos de adrenalina, traídos por cuenta de la señorita Laura, llegaba la novela mexicana de turno. Mientras vivimos en Colombia, la única novela que mi papá vio fue Betty la Fea. De resto, no recuerdo haberlo visto interesado en estos programas. Estando en Canadá, la situación cambió completamente, ya que no había otras opciones de entretenimiento. En la franja novelera de las 5 de la tarde, vimos: Por un beso, Salomé y Rubí. Estas series se volvieron el acontecimiento del día en mi casa y, puedo decirle que no era un episodio aislado. Mi mamá contaba que al día siguiente en la escuela de ESL, los latinos se conglomeraban a comentar la novela y ella notaba con gran curiosidad que los hombres eran aún más felices echando rulo y contando lo sucedido en el último capítulo.

Como comentaba en mi última publicación, llorar es mi afición, así que sobra decir que novela que se respete me ha hecho llorar al final. Sin embargo, solo hay una que me ha recogido el alma.  Estoy hablando de Allá te espero, una novela colombiana que tocó todas y cada una de las fibras de la sociedad colombiana. Como colombiana que creció en la diáspora, he sido testigo de situaciones muy duras por las que pasan muchos compatriotas en el extranjero. Cuando se vive lejos de la patria, la vida no siempre es color de rosa. La situación de los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos es muy injusta y conozco varios casos que le quebrantarían el alma a cualquiera.

Los esfuerzo y peligros a los que se exponen desde que deciden cruzar la frontera entre México y Estados Unidos son inimaginables. Le recomiendo que busque la ruta del diablo para que se haga a una idea. Si logran sobrevivir y entrar a Gringolandia, la gente hace unos sacrificios inmensos con tal de darle un mejor futuro a los suyos, así eso signifique poner su vida en riesgo, y hasta renunciar a su propia libertad sin ninguna garantía. Allá te espero ilustra esa realidad a través de Cecilia, una quindiana que se va indocumentada a los Estados Unidos, en donde termina teniendo 3 trabajos al mismo tiempo, incluso recurriendo a la opción de la cama caliente (hecho 100% inspirado en la vida real) para mantener una vida llena de apariencias absurdas, sus hijos en un colegio carísimo, y complacer los caprichos pendejos de una mamá levantada.

levantado

Sig: persona que sube de clase social gracias a la ayuda ajena o a un golpe de suerte

Muchas veces la gente piensa que vivir en el extranjero lo hace exento de comer mierda. Que estar en Estados Unidos, ganando billete verde, es regio y no hay razones para ser desagradecido. Lo que estos mismos pelafustanes, quienes muchas veces solo sirven para extender la mano, no ven es que sus seres queridos pasan unas necesidades muy hijueputas para mantenerlos a ellos viviendo felices. Por ende, una novela que toque un tema de ese calibre, de una manera tan detallada, es merecedora de todas mis lágrimas.

Volvamos al tema inicial de este reto: planes en tiempos de COVID.

Una de las cosas mas lindas de estar en cuarentena en el caribe colombiano es la capacidad de contextualizar novelas, canciones y demás eventos inspirados en esta región del país. Escuchar canciones como El Cantor de Fonseca, del Maestro Rafael Escalona, estando a menos de 30 minutos de La Guajira no tiene precio. Esta canción narra la historia del Cantor de Fonseca y sus andanzas por todo el departamento de La Guajira. Por primera vez en mi vida he podido visualizar muchos de estos, ya que quedan muy cerca de aquí. Por mera casualidad, tuve la fortuna de visitar Dibulla, un municipio frente al mar caribe, cuna de Carlos Huerta, el cantor de Fonseca.

Escuchar cualquier vallenato compuesto por el Maestro Escalona se ha vuelto una invitación a conocer sitios mágicos que me muero de ganas por visitar. Es más, uno de mis planes en cuarentena será ubicar muchos de estos sitios en Google Maps y diseñar mi ruta hacia el Cabo de la Vela, un terreno desértico ubicado en el punto más norte del país, habitado en su mayor parte por el pueblo indígena wayuu, que en su cosmogonía lo consideran un espacio sagrado donde los espíritus de sus difuntos llegan para hacer su tránsito hacia «lo desconocido». Otro detalle: Los Wayúu no se organizan en poblados sino en conjuntos de ranchos cuyos habitantes se encuentran unidos por lazos de parentesco y residencia común. La posibilidad de visitar una ranchería y conectarme con un aspecto cultural al que aún no conozco me emociona un montón.

Al Cabo de la Vela y más allá

Otro de los planes que me gustaría realizar antes de alzar vuelo hacia el polo norte es el recorrido por la Sierra Nevada de Santa Marta, una travesía que dura 7 días. El objetivo: La Ciudad Perdida, un antiguo poblado indígena tayrona construido alrededor del siglo VIII, considerado como uno de los principales sitios arqueológicos de Colombia. La Ciudad Perdida hace parte de uno de los más de 250 poblados antiguos de los cuatro grupos indígenas encontrados en la zona: kogui, arhuaco, wiwas, posibles descendientes de los tayrona.

Muy Pronto.

Esta cuarentena me ha dado algo que nunca había tendido: espiritualidad. Por designios del destino ando en un grupo de meditación bastante poderoso, el cual me ha permitido ser aún más agradecida con la vida por tenerme arrinconada en un pedacito de cielo. De igual manera, me ha permitido compartir sus beneficios con muchos en varias partes del mundo y me ha inspirado a hacer algo más. Por ende, uno de mis planes a corto plazo es comenzar la versión en español del reto de la abundancia de Deepak Chopra, con la intención de brindar un poco de paz a mis amigos hispanoparlantes. Amigo lector, si usted siente que su vida sería más llevadera con un poco de paz espiritual, escríbame.

Ya que no puedo anticiparme a mis planes, por motivos de fuerza mayor, mi único plan en este instante es sobrevivir al COVID desgraciado. Una vez se estabilice esta situación, espero con mucho fervor poder llevar a cabo mis planes. Mientras tanto, puedo reflexionar acerca de lo que le acabo de compartir y reconozco que soy una persona muy afortunada y, más que nunca, estoy donde tengo que estar. No se cuánto tiempo deba pasar antes de que podamos volver a movilizarnos con libertad, pero, cuando eso suceda, estaré lista para lo que la vida me comparta y para narrarle mis aventuras por doquier.

Y usted, amigo lector ¿Ha pensado qué le gustaría hacer después de la cuarentena?

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