Paternidad en cuarentena

Tiempo libre.
Tiempo libre en casa.
Un montón de tiempo libre en casa.
Un montón de tiempo libre en casa con tu familia.
Un montón de tiempo libre en casa con tu familia sin poder salir, sin trabajo y sin poder interactuar con más nadie.

¿Bendición o tormento? ¿Nos da el optimismo para ver el vaso medio lleno?

Nadie se hubiera imaginado que nuestras vidas iban a tomar este drástico cambio de rumbo en tan corto tiempo… ¿En verdad ha sido corto tiempo? Ya empiezo a dudarlo. ¿Realmente está ocurriendo esto? ¿No les ha pasado como a mí, que a veces despiertan y dudan cuánto de esto es real y cuánto pertenece al mundo de los sueños? Más aún, cuando empiezan un nuevo día y este se parece tanto al anterior, al de la semana pasada —un sábado o domingo es tan similar a un martes o jueves; cuando el tiempo empieza a dejar de ser lineal y se torna más bien circular, como en esas películas en que se revive lo mismo una y otra vez con mínimas variaciones. Y aquello que podía ser muy atractivo en otras circunstancias –disponer de tiempo libre– para hacer “lo que nos venga en gana”, deja de serlo tanto. Entonces la predisposición al ocio empieza a dejar de ser seductora.

En nuestro caso, el confinamiento empezó a mediados de marzo. Rodrigo, nuestro hijo menor regresó de vacaciones de México, y debía permanecer –por precaución– aislado en casa por dos semanas. En la escuela donde trabaja Anita, mi esposa, había una disposición que si algún miembro de familia inmediato estaba en confinamiento preventivo, ella misma debía sumarse al aislamiento y abstenerse de ir a trabajar. Tan sólo dos días después, el gobierno provincial determinó regulaciones más estrictas y se cerraron todos los negocios y servicios no esenciales, así que a partir de entonces ya estábamos los tres confinados bajo el mismo techo.

¿Y ahora? ¿Qué se hace cuando de la noche a la mañana obtienes algo que no habías pedido, y tampoco en los términos que te hubiera gustado?

Cada quien empieza a usar su tiempo y libre albedrío (¿?) como mejor le viene. Anita realmente disfruta pasar tiempo en casa y en los últimos años ha descubierto que limpiar y organizar la casa es un hobby que la mantiene ocupada y contenta, de manera que toda esta nueva situación le viene como anillo al dedo. Antes que cierren los almacenes de ferretería, se abasteció de pintura y le ha dado nueva vida al segundo piso de nuestra casa: ¡Tres habitaciones que lucen como nuevas! A eso suma un genuino interés por la evolución de la pandemia en nuestra ciudad y el mundo; no se pierde las conferencias de prensa diarias y me tiene al tanto de las noticias y los personajes. Le gustan Trudeau y el gobernador de NY y sacude la cabeza con cada payasada o estupidez de Donald T.

Rodrigo usó sus primeras dos semanas para dormir tanto cuanto pudo, pasar tiempo con su perro, seguir redes sociales a cada minuto como buen milenial y jugar algo de videojuegos. Digo las primeras dos semanas porque después de eso le tocó regresar a trabajar regularmente —la industria de la construcción es esencial y las obras no han parado.

En mi caso, tengo dos trabajos. La imprenta donde soy gerente de producción ha cerrado temporalmente. Mi segundo empleo es como agente de hipotecas, y es algo que puedo hacer desde casa, trabajando en mi computadora. La industria inmobiliaria está siendo golpeada de manera dura, pero aún es prematuro pronosticar la dimensión del impacto, así que lo laboral no es por el momento lo que ocupa la mayor cantidad de mi tiempo. ¿Hobbies? La lectura! Muchas veces he ido acopiando libros y temas para dedicarles “cuando haya tiempo”. Curiosamente, antes solía leer uno y sólo un libro a la vez; ahora tengo tres comenzados más uno en formato digital, y no lo voy disfrutando como antes. La abundancia de este bendito recurso –tiempo libre– me está jugando una mala pasada. Bicicleta, he salido una sola vez y espero poder hacerlo con más frecuencia conforme el clima mejore. ¡Cocinar! También me gusta y disfruto mucho haciéndolo, así que en eso ando. Además soy el encargado de salir una vez por semana a comprar las provisiones para la familia.

Pero mi familia no somos solamente los tres. Mi hijo mayor, Alejandro, vive hace varios meses con su novia Katrheena. Pre-covid, ellos habían estado muy enfocados en usar su tiempo libre planificando su próxima boda, de manera que no nos habíamos estado viendo con frecuencia. Y justo cuando programamos una cena-reencuentro, ¡ZAS!, emergencia en la ciudad/provincia/país y a postergar indefinidamente el reencuentro. Maravillosa manera que tiene la vida de jalarte las orejotas y decirte: “Aprovecha lo que tienes, cuando puedes; lo puedes perder cuando menos te imaginas”. Este forzoso distanciamiento con mi hijo es una de las cosas que más me apenan de este confinamiento. Y la otra es la distancia a la que debo obligarme con mi madre. Después de perder a mi padre, su compañero de toda la vida, mis hermanos y yo hemos tratado de estar muy al pendiente de ella y sus necesidades. La he podido ver tan solo un par de veces en el último mes cuando he ido a dejar algunas pequeñeces a su apartamento; mas no la he podido abrazar ni besar, y eso me parte el alma.

Entonces, echadas las cartas sobre la mesa, ¿qué me va dejando esta experiencia de confinamiento forzado?

Primero, valorar la compañía de mis seres queridos. Muchas veces había entretenido la idea que mi familia debe ser un poco disfuncional, pues la verdad no solemos pasar mucho tiempo juntos. Cuando nos reunimos para alguna celebración por ejemplo, la pasamos genial por unas dos a cuatro horas, pero luego cada quien necesita su espacio; no prolongamos ninguna reunión más de lo que realmente disfrutamos nuestra mutua compañía. He leído un poco sobre la convivencia y al parecer para nuestra especie no es tan natural como parecería a priori. Más de un pensador dice que dos seres humanos se soportan mutuamente por solo unas pocas horas, luego de lo cual la convivencia es un estorbo y puede devenir insoportable. Pero aún con todas estas consideraciones, reafirmo que estar junto a los que amo es una buena razón para considerarme muy afortunado y feliz. Y por oposición, la distancia con Ale y mi madre me convence de la gran valía de tener a tu lado a las personas que quieres.

Segundo, que puestos a compartir mucho tiempo bajo el mismo techo, ello es una maravillosa oportunidad para redescubrir aquello que nos une. No darlo por hecho, sino experimentarlo, valorarlo y disfrutarlo. El sentido de humor, reirnos hasta las lágrimas de alguna broma tonta, recordar memorias comunes, compartir cosas que nos gustan comer, beber algo y ver alguna buena (o muy mala) película juntos (gracias Netflix, nuestro gran aliado en estos tiempos).

Tercero, que para ser feliz con tu pareja o con tus hijos no hay necesidad de estar juntos todo el tiempo ni que nuestros intereses estén perfectamente alineados en cada aspecto de la vida; y que es perfectamente normal y hasta necesario que cada individuo tenga su propio espacio y tiempo de ocio personal, íntimo, no compartido.

En las duras circunstancias actuales, el hecho de tener una casa donde permanecer es algo por lo que ciertamente también estoy agradecido. Redescubrir que nuestra casa tiene en el patio trasero una generosa extensión que nos permite tomar aire y sol, preparar un barbeque, jugar con el perro sin necesidad de salir a la calle. Vivir en Canadá es también una ventaja comparativa frente a nuestros países latinoamericanos, en términos de seguridad social y con una economía más estable desde la que se puede esperar salir adelante una vez que pase la emergencia de salud.

Volviendo a la pregunta que planteaba al inicio de estas reflexiones: confinamiento en familia, ¿bendición o tormento? La bendición es estar sanos. La bendición es estar juntos. La bendición es que en nuestra mesa hay alimentos y no debemos pasar hambre. Puestos a comparar con otras personas que cayeron enfermas o familias que perdieron algún ser querido en esta pandemia, es una bendición que nada de esto nos ha tocado directamente.
Y si me da la vida para vivir otra circunstancia similar, escogería a ciegas los mismos compañeros de travesía.

Toronto, Abril 2020.

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