Con el alma recogida

El que puede puede
y el que no, aplaude.

Hablamos por un par de horas por teléfono
porque podemos;
porque tú allá y yo acá aún podemos
—por teléfono porque aún sin esfuerzo 
nos alcanza el dinero.

Porque en mi edificio hay trapos sucios 
pero no hay trapos rojos ni trapos viejos;
porque tengo suerte y puedo estar adentro
—porque #quedarseencasa es un lujo
y es lujuria poder señalar lo que es injusto.

Hablamos porque no teníamos más que hacer
—porque tú allá y yo acá escribimos por placer.
Porque no tenemos que, pero queremos.
Mira que querer no es poder,
sólo poder es poder. 

El que puede, puede
y el que no, pide.

 

Qué frase tan fuerte —algo que te recoja el alma. Tuve que pedirle a Andrea que me lo explique un par de veces, y luego busqué el significado en Google por si las moscas. Después le volví a preguntar unos días después porque no me entraba y nada me salía. No sé si lo que me dio fue un bloqueo creativo porque no me fluía ni una puta idea. 

Wikipedia dice que recoger el alma es una ceremonia de sanación espiritual para curarse del espanto. ¿Qué curioso, no? Hablar de sanarse cuando uno no está enfermo, pero hay enfermo por doquier allá afuera y eso sí da miedo. Y uno bien cómodo en su apartamento, queriendo ayudar también pero de lejos, para no ponerse en riesgo, según yo. 

Me hace recordar algún pensamiento inocente que tenía de niño, sobre si alguien que ayuda a un leproso se puede contagiar —un leproso porque las parábolas de leprosos casi rebalsan en la biblia. Entonces, ¿por qué ayuda uno si no se va a poder ayudar a sí mismo una vez ya leproso? Y resulta que la lepra no se contagia. ¿O por qué arriesgarse al contagio y poner a más personas en riesgo? Mejor #quédateencasa y así ayudas más, según ellos.

Mientras tanto mi futura esposa se va al trabajo y en sus días libres postula a nuevos puestos en la sala de emergencia por si necesitan ayuda con los enfermos del covid. Y allá en Colombia, Andrea quiere ayudar a la gente del pueblo. Y el vecino del octavo piso le compra víveres a la señora del costado. ¿Y si se enferma el buenagente? ¿Y si él ya está enfermo y la contagia? ¿Y si no hacemos nada? Nada garantiza que nadie vaya a enfermarse. ¿Y si nos tomamos las chances? ¿Y si no? ¿A qué le apostamos, a la fe o la ciencia? Demasiado conflicto para un domingo de resurrección. 

Porque para que uno gane, otro tiene que perder, le contaba a Andrea. Y no sé si es la injusticia ajena la que me recoge el alma o la falta de alma lo que me deja tranquilo a pesar que el mundo se cae a pedazos. 

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