Extrañar

Cronograma en cuarentena: ya no sé qué día es y eso no me desvela.

Cuando Alejandro me soltó este tema, se me vinieron mil cosas a la cabeza y me demoré dos días en procesar el tema para poder concretar mis pensamientos al respecto. Tanto que decir, pero a la misma vez, nada que decir. Extraño mucho, pero a la vez, no extraño nada. Querido lector, no se extrañe si al leer esto se siente como quien va en una montaña rusa, ya que los voy a llevar de un lado a otro intensamente para terminar donde empezamos. Por si no se ha dado cuenta, a mí me fascina entrelazar temas.

#EscribiendoComoLosLocos

Mi vida en Toronto es bastante agradable. Envidiable, quizás. Viajo todo el tiempo a sitios increíbles, tengo un trabajo de ensueño y un nivel de parcerismo impresionante con mi mamá, entre muchas otras cosas.  Siempre he sido una persona muy extrovertida y amiguera. Disfruto muchísimo salir a descubrir los tesoros que Toronto sigilosamente guarda para mí. Sin embargo, después de que se me murió José María Muñi, hasta respirar me parecía imposible. Me aislé muchísimo del mundo por más de un año y perdí la noción de quién era Andrea C. Briceño. Llegué a pensar que se me había acabado la vida y mi realidad se volvió incertidumbre; nada tenía sentido, ni siquiera la existencia propia. Nunca pensé quitarme la vida ya que ni eso tenía y la energía para hacer algo tan extremo no estaba disponible, dado a que funcionaba meramente por inercia.

Fue solo hasta mayo de 2019, a través de una evaluación de inteligencia emocional en mi ex–ex­­-trabajo, cuando me di cuenta del daño tan salvaje que me había causado la partida de Muñito. Ese es un tema que habrá que dejar para después, ya que recordar todo lo que sucedió es doloroso y el solo hecho de haberlo invocado me hizo sudar los ojos. En estos momentos tan inciertos, no hay necesidad de introducirle amargura y dolor a la vida.

No obstante, para que haya comienzos, debe haber finales. Para que haya renacimiento, debe haber muerte. Este dualismo es la base fundamental de muchas tradiciones orientales, en donde la clave de la armonía está en el equilibrio de los extremos. Esta situación no fue la excepción, solo que para darme cuenta tuvo que pasar algún tiempo. La muerte de Muñi me dejó muchas lecciones de vida, aprendí muchísimo y creo que crecí bastante como persona. Hoy por hoy me he vuelto muy compinche conmigo misma y disfruto de mi soledad.

ABRO PARÉNTESIS:

Mientras escribía lo anterior, fijé la mirada en el horizonte y mientras sentía las lágrimas rodar, llegó mi amigo el colibrí verde con rojo. El mismo que me ha acompañado desde el primer día que llegué a mi nido tayronesco. Llegó justo en el momento que me olvidé de mi suerte. De lo mágico que es estar viva y acuartelada en un lugar tan maravilloso, como lo es el Tayrona. Gracias a esa visita tan inesperada y reconfortante, es que esta historia cambia un poco su curso a lo que leerá a continuación.

CIERRO PARENTESIS.

Estimado lector, puede que sumerced y yo no nos conozcamos, como puede que seamos íntimos de toda la vida. Por ende, no sé cómo le vaya a sonar lo siguiente. Para propósitos prácticos y coherentes, le sugiero se tome lo que va a leer como un pasaje más de una novela de realismo mágico, llamada La vida de Andrea C. Briceño.

Mientras estaba en Bogotá hace tan solo un mes (en tiempos de COVID, un mes son 30 años) por recomendación de mi amiga Raven Raven Fane Raven, me hice una carta astral. Cabe destacar que a estos pechos les encanta el cuento del tarot, las brujas, los médiums, la astrología, los chamanes y creo que hasta al Indio Amazónico visitaría si se me presentara la oportunidad. Eso no significa que rija mi vida por los consejos del Walter Mercado de turno ni que esté en busca del propósito de mi vida; para nada. Simple y llanamente, me gusta brujear y Colombia siempre me complace en esas cosas.

Ahora, una cosa es ir a donde la tarotera (dama que me lee la fortuna con un naipe que se consigue en cualquier tienda) en Calarcá, Quindío y que me comente lo que el 3 de espadas le indica acerca de mi futuro y otra MUY diferente es hacerse una carta astral. Amigo lector, me perdonará el francés, pero: ¡Qué gonorrea! No tengo palabras, punto.

Un mes después sigo digiriendo las casi 3 horas que estuve con mi ahora astrólogo de cabecera. Hubo cosas obvias, otras bastante inesperadas, algunas dolorosas, unas muy sorprendentes, pero todo fue muy mío. De todo lo que escuché, hubo dos cosas que decidí llevarme desde ese día:

  1. Hay que permitirle a la vida llevar su curso y confiar un poco más en uno mismo.
  2. La muerte de mi papá fue solo un cambio de estado. Él vive en mí y siempre estará conmigo, cual espíritu chocarrero amigable. Algunos lo considerarían un angelito, yo simplemente se que es Muñi y llegar a ese nivel de entendimiento me ha traído muchísima paz, especialmente después de haberle podido dar un último adiós, 21 meses después de su partida.   
José María Muñi y su plaquita
Hasta que por fin te encontré, José María Muñi

Gracias a estas revelaciones, me he sintonizado bastante con la energía presente a mi alrededor. Trato de dejar que fluya su curso como más le venga en gana. Gracias a esa actitud fue como terminé acuartelada en uno de los rincones más maravillosos en los que he estado, con la mejor compañía que hubiese podido desear.

Inmediatamente terminada mi sesión astral, me zampé en un Uber y ¡Corra al aeropuerto! Había programado un viaje a Medellín, disque a visitar a una amiga quien terminó sacándome el derrière un día antes de mi vuelo… En fin, creo que así fue mejor la cosa. Llegué al aeropuerto, y a pesar de que alcancé a estar 15 minutos antes de que saliera el vuelo, sobra decir que me lo cerraron en las narices porque ajá, así es Colombia… Sin embargo, horas más tardes y un tiquete nuevo (LATAM del demonio), terminé en mi destino final, un lugar bastante mágico como para variar.

Vista desde mi AirBNB en Envigado
Mi oficina en Envigado.

Pensé que a lo mejor era el momento indicado para experimentar lo que los astros recomendaban: dejar fluir la energía y no cohibirme de aceptar lo que la vida me quisiera brindar. Al fin y al cabo ¿Qué es lo peor que podría pasar?

Le resumo: Me pasó de todo.

Lo maravilloso del asunto fue la manera en la que se comenzaron a manifestar hechos, personas y situaciones de la forma más fantástica que hubiese podido esperar. Entre esas anécdotas, después de volármele a un desconocido que me obligó a tomar café y a almorzar con él, mientras yo buscaba el Museo Casa Gardeliana (#CarlosGardelForever), conocí a dos indígenas inga y mururi del Putumayo en el mercado de San Alejo, donde también me pasó de todo.

Andrea en el Museo Casa Gardeliana en Manrique, Medellin
Finalmente llegué a la Casa Gardeliana 🙂

Con ellos estuve hablando por un largo rato acerca del significado de sus hermosísimas artesanías, labradas a mano con un detalle impresionante. Me llamó mucho la atención un colibrí rojo en 3D. Recordaba que, dentro de la cosmovisión de varias culturas indígenas, el colibrí es considerado el mensajero de los dioses. Mientas miraba el llaverito, el joven de la nada, me fue diciendo:

El colibrí es un animal sagrado. Es el mensajero de los dioses.

Mi amigo el indígena de San Alejo.

¿Este man por qué me dice eso en este preciso momento? Espíritus chocarreros.

Fue entonces cuando comencé a preguntar, en forma, el porqué de las secuencias, los colores, las texturas y demás detalles que saltaban a la vista. Este arte ancestral no tiene precio y para mí siempre será un gran honor tener el privilegio de apoyar a los artesanos indígenas. A comparación de todas las otras artesanías y cachivaches a la venta en San Alejo, sus precios eran bastante altos, pero reitero lo dicho: el arte ancestral no tiene precio.

Me he sabido bajar de las lucas y prácticamente les compre el puesto. Con decirle que hasta te de coca me empacaron, ya que mientras hablaba con ellos, 6 personas vinieron a comprarlo. Yo no podía ser menos que las damas que venían exclusivamente a eso. Irónicamente, no me llevé al colibrí, mas si me traje ese momento hasta el sol de hoy.

Coincidencias, designios del destino, el universo, Mahoma, el cosmos, Dios, o como desee llamarle (a mi me gusta decirle sincronicidades), llevo 16 días siendo frecuentada por un colibrí verde con rojo que me recuerda el valor de la vida y me planta en el presente. Me recuerda que estoy aquí por alguna razón, así no la tenga del todo clara. No tengo que entenderla, pero si estoy en la obligación de valorar la que, hoy por hoy, viene siendo mi realidad.

Un resumen de mi vida en cuarentena

Andrea puede estar en una hamaca escribiendo, leyendo, o hasta camellando. El camello también puede llevarse a cabo desde la mesa al frente de nuestra cabaña, en el área del comedor, parada en el bar o incluso al lado de la piscina.  La vista siempre es bella y, por lo general, la acompaña un clima soleado. El rio está cruzando la calle, la piscina a un lado esperando a que la visite, ya que aspiro salir de mi cuarentena, plagiando las palabras de Alejandro Libaque: más dorada que armadura de caballero del zodiaco.

Andrea mas dorada que armadura de caballeros del zodiaco
O sea, algo parecido.

Por otro lado, Pokechu siempre está loqueando y planeando su próxima salida a la tienda, mientras los gaticos están jugando, la vecina – Oh Diosa de las Salsas, Reina de los Guisos, Musa del ají – siempre lista con el cafecito y la conversa más sabrosa. Rebeca la lora y sus personalidades múltiples, ya no se limita imitar animales, sino que también hace las voces de un hombre, una mujer y una niña y hasta silva como un obrero. Eso, cuando no le da por hacer como si estuvieran prendiendo un carro empujado. El vecino, siempre incondicional, listo con las cervezas heladitas y la actitud para armar una fiestecita a la hora que sea. La cocina, el corazón de nuestra cuarentena, siempre abierta y completamente abastecida – bueno, le falta un horno para ser perfecta, pero eso no son pesares.

La familia Villa Cata en Cuarentena
La mejor familia para pasar la cuarentena.

Conclusión

Dígame usted ¿Qué me gano con extrañar? ¿decepción? ¿impotencia? ¿tristeza? Añorar el pasado, es correr detrás del tiempo. En tiempos tan inciertos, lo único cierto es que nada volverá a ser como antes. El presente es todo lo que tenemos y con extrañar días y situaciones pasadas no mejoraremos la situación actual, pero puede que si logremos añadirle un bulto de angustia al sancocho. Aparte, como líder suprema de la cuarentena más idílica que hay, me siento con una responsabilidad moral de disfrutar al máximo de este tiempo, así sea en nombre de todos aquellos que están encerrados en unas cajas de 20m2 (conozco a varios en Toronto).

Me considero la persona más afortunada del mundo al ver que las cosas que extraño, en realidad, son pendejadas. Extraño pedir un domicilio, comerme una pizza, unas alas de pollo, un salmón ahumado o nueces con queso de cabra, ponerme un lululemon y arruncharme con muchas cobijas, sin preocuparme por ningún zancudo desgraciado. Extraño la capacidad de proyectar mi celular en los dos televisores que tengo. Extraño ir a mis clases de yoga en el gimnasio a la hora que me diera la gana, cualquier día de la semana. Extraño una conexión de internet estable. Extraño sumergirme en la tina con sales de Epson y de esas bombas de aceites esenciales, escarcha y colores efervescentes, escuchando a Diana Uribe. Extraño mi versión de Toronto. ¿Por qué extrañar a mis amigos, cuando los tengo a un clic de distancia?

Si mi vida se acabara mañana, me iría con la satisfacción de que tuve la fortuna de disfrutar de todo eso y mucho más. Para mi satisfacción, en este capítulo de mi libro de realismo mágico, el tema de extrañar simplemente no clasificó.  ¿Para qué extrañar si tengo a mi mamá al lado comiendo mazamorra con arequipe?  (Ella es ella, no pregunte…).

Tengo libros por leer y hasta por escuchar, puedo meditar, puedo novelear, puedo sestear, puedo nadar, me puedo negrear, mejor dicho, aquí nunca me faltará algo por hacer. ¿Cómo hace uno para extrañar cuando mi costeña interna me tiene echada en una hamaca que se menea levemente gracias a la brisa? Cuando estoy a 30 grados centígrados, con el sol resaltando todos los colores del paisaje y solo se oyen las hojas danzar en el viento. Podría caer en los brazos de Morfeito y roncar cual tractomula o, incluso podría bajar a la cocina y hacer empanadas o, comerme un helado con chocorramo. Es más, tenía toda la intención de piscinear, pero vino una iguana y se cagó en la piscina. ¡Ay Macondo!

Andrea explayada al lado de la piscina en el Tayrona, con la mejor compañia: Diana Uribe.
Cuando no puedo piscinear, Diana Uribe me acompaña

Por ende, así sea solo por cuestión de principios, me reúso a extrañar mientras siga acuartelada en el paraíso. Más bien, querido lector, si tiene la posibilidad de pedir una pizza, cómasela a nombre mío y sírvase saber que mientras tanto, yo disfrutaré de este pequeño paraíso a nombre suyo también.

One Comment

  1. CHRISTIAN JAROSCH

    Andrea, que agradable es leerte. Lindo es muy cortito. Agradable es algo que te acaricia y te transporta. Gracias por transportarme y poner una sonrisa [con un tonito de melancolía] en mi cara. Lamento que en el tema de la pizza no te voy a servir. Por mas que es muy rica, etc. la pizza es casi una parte de la misa a la cual -por ahora- no concurro por varios motivos, uno de los cuales es que quiero que cuando esto se termine poder salir por la puerta del frente de la casa, no tener que hacerlo a través de las ventanas corredizas de atrás… engordar que le dicen, problemas de la inactividad, falta de …. y un montón mas de faltas. He leído con suma atención y hay varios modismos colombianos que no los entendí con exactitud y en su momento me los vas a traducir. Son eventos personales que describes -con mucha delicadeza- y no quisiera entenderlos mal. ¿Te he dicho que te extraño?.Yo, Christian, desde mi exilio/retiro/¿? en Santa Cruz, California.

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