Extrañar

Todos los días

No quisiera estar en cuarentena con nadie más, me dijo Kat, en algún intercambio romántico de las últimas tres semanas. Yo tampoco, respondí, como todo chico bueno esperando su croqueta de recompensa. Estaba diciendo la verdad, por si acaso. ¿Te imaginas —le pregunté— si aún estuviéramos viviendo con nuestros padres en el medio de esta epidemia y no poder vernos por tres semanas? Estoy más que seguro que hubiéramos roto todas las reglas que ha impuesto el gobierno desde el primer día, y nos hubiéramos escapado en las noches como lo hacíamos al principio. Nos iríamos manejando sin rumbo fijo y acabaríamos parqueados en algún sitio de construcción abandonado de noche, acuartelados en el asiento trasero de mi carro y disfrutando de nuestra privacidad en el medio de casas construidas a medias, vacías. Así nos enamoramos cuando empezamos, a escondidas del mundo, como si estuviera prohibido. 

Seis años más tarde y sin redoble de tambores, COVID. Felizmente hemos podido llevar la fiesta en paz desde nuestra trinchera. Vivimos juntos desde septiembre y ella trabaja en un hospital a dos minutos de nuestro edificio. Sus turnos, comparados con los míos, son de locura, pero nos permiten estar juntos lo suficiente como para no extrañarnos tanto cuando no lo estamos, aunque hoy en dia la extraño más que de costumbre sólo porque tengo más tiempo para hacerlo. Ella sigue trabajando los mismos turnos de siempre mientras yo me quedo en el apartamento todo el día. No hago más que salir para llevarla al trabajo y escaparme al supermercado para comprar mi dosis de antojos —unas frutas y algún dulcecito que me haga ojitos justo a la hora de pagar. Pero no extraño salir; creo que simplemente es natural querer hacer lo contrario a lo que nos piden. 

Yo sé que aún hay mucha más cuarentena por delante, pero no tengo otras quejas más que el dolor en la espalda que me aqueja. Kat y yo hemos compartido cenas deliciosas a manos de moi y visto películas malísimas en Netflix, también gracias a moi. Hemos ido a caminar y a correr, medio asustados de no contraer algo, la verdad. También nos asusta que la policía nos detenga en la calle aún cuando sabemos que no tenemos que mantener dos metros de distancia porque vivimos juntos. Hemos hecho ejercicio con YouTube y hemos bailado al compás del Top 40 de Perú en Spotify. Hemos dormido como nunca y hemos jugado Monopoly Deal y Mario Kart 8 en el Switch. ¡Qué lindo! Y para que no piensen que esta es mi versión del paraíso en Tayrona, les cuento que también nos hemos jalado de los pelos, figurativamente claro. Hemos sido sarcásticos e impacientes el uno con el otro, y las cosas que usualmente nos joden un poquito ahora nos joden exponencialmente. Ha sido mucho más evidente que soy muy desordenado y que me encanta procrastinar a la hora de limpiar. Lo hago como si me pagaran para no hacerlo —no dejes para mañana lo que puedes hacer pasado mañana. En fin, ha sido una señora montaña rusa esta convivencia en cuarentena, a la que me subiría de nuevo así tenga que hacer cola por siete horas en Wonderland, sólo porque ella está a mi lado.

A quienes no he visto en semanas ha sido mi familia. A ellos los extraño a mil. Los tengo tan cerca y mi madre no me deja visitarlos, toda una reverenda sor chinche de convento ella. Es por mi bien, me recuerda, y yo digo está bien, resentido. He tratado como nunca de mantener comunicación constante con mis padres. Disfruto mucho escuchar a los demás pero nunca me ha gustado iniciar la conversación. Debe ser alguna parte hipócrita de mi bello ser que se presta a los demás y se queja cuando no me preguntan como estoy yo primero. Pero ahora llamo a mis padres en días distintos para mantener la balanza, cual ordenanza del gobierno —un día para papá, un día para mamá. Hasta le he escrito a mi hermano y le he dicho que lo extraño, y creo que a él lo extraño más. ¿Cómo dicen por ahí? No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, y a él lo perdí hace mucho tiempo, hasta que regresa. 

Ya falta poco. 

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