Lesionado

Con o sin cuarentena

Me gusta dormir de costado, como señor cucharón porque hay demasiada masa en esta creación de Dios para ser cucharita. No importa cómo me quede dormido, siempre termino de lado, con la cabeza y el cuello enterrados entre clavículas levantadas. Imagínese usted, como quien levanta los hombros y dice yo no sé; así me paso las horas descansando cuando cierro los ojos. Felizmente, el esposo de la prima de mi futura esposa es doctor quiropráctico y una vez al mes me deja como nuevo. Un par de ajustes y movidas y masajes y conejos es usualmente más que suficiente… hasta que me voy a dormir, y luego la historia se repite. ¿Que por qué les cuento esto? Porque a pesar de los dolores y la cuarentena, puedo, y como me recuerda Andrea, podría estar mejor pero por lo menos hay salud.

Hace cuatro o cinco años me lesioné la espalda practicando snowboard, bien gringo yo. Tuve una temporada tan pero tan prometedora que me sentí listo para empezar a hacer truquitos y saltos de rampa cual Tony Hawk de Ventanilla en una sábana blanca de nieve y talco y hielo falso. Me acuerdo de ese día perfectamente —Kat me había invitado a este paseo de su universidad y yo quería ir por mi cuenta para no tener que regresar a su apartamento agotado. Además, la estación quedaba cerquísima de mi casa y podía tomarme el tiempo que quisiera para alistarme. Llegando al lugar este, me encontré con un bus escolar que venía de regreso por una curva muy estrecha. Moví el carro hacia el lado para que tuviera suficiente espacio para pasar, y sin darme cuenta empecé a resbalar hasta caer en una zanja llena de nieve y barro. Un buen samaritano quiso ayudarme jalándome con su camioneta mientras yo aceleraba y retrocedía en vano, arañando el costado del carro con arbustos y tierra. Si esta fuera una película de terror, la audiencia diría que esta era una señal, pero yo no. Al contrario, lo único que pensaba es que ya había perdido una hora de snowboard. 

Derecha, izquierda, de aquí pa’ allá, de arriba pa’ abajo, demostrándole a todo el grupo de mi novia que estaban frente a una estrella local. Bueno bueno no era, pero era mejor que ellos y eso bastaba. Llegaron las 5 de la tarde y Kat me dijo que era hora de empezar a empacar para regresar. También me recordó que nos habían invitado a una cena por el cumpleaños de su amigo, pero yo no quería ir. Le dije que aún tenía el mal sabor de mi pequeño accidente en la mañana y quería quedarme y continuar. Me dijo que el pase ya llegaba a su fin y yo le respondí que la estación de al lado tenía pases de noche y no eran tan caros. Me puso mala cara y se fue. ¡Señores, esta pelea valía la pena!

Seguí haciendo lo mío por unas horas más. En el invierno los días se sienten más cortos y oscureció muy rápido. Ya había hecho un par de piruetitas y unos saltitos de bebé en el parque de terreno (la pista donde hay rampas y tuberías de metal para hacer trucos), hasta que llegó la hora de demostrar de qué estaba hecho. Aquí vamos, Alejandro. Pasé un par de tuberías por los costados para no perder velocidad y llegué a esta rampa que de lejos parecía más pequeña. Mientras más me acercaba, más sentía que podía hacerlo sin importar cuán alta era, hasta que dejé de sentir el suelo. 

Paréntesis —en el aire, debes mantener la postura para caer parado. Debes entender tu centro de gravedad y mantener el equilibro, preferiblemente tocando el suelo con la cola de la tabla primero. Esto, en teoría, no es difícil, pero ¿alguna vez has saltado de un punto al otro y sentido que el alma se te escapa mientras llegas al piso? No sé si es el temor de caer mal o romperte algo, o que el salto tome más de lo que debería, pero hay una sensación en el pecho, un grito al cielo que pega el corazón cuando le ruega a la muerte que no te lleve. Esa sensación la sientes cuando puedes ver el suelo; cuando sabes cuánto te falta y te preguntas cuándo vas a llegar. Esa sensación yo no la sentí. 

Cuando di el salto, no pude mantener el equilibrio ni la postura para caer de pie. Con la velocidad que tenía, solo atiné a echarme hacia atrás y no supe cómo regresar. Sin poder ver el piso nunca supe cuando atenerme al golpe de la caída. Lo único que recuerdo es que cuando caí, el cuerpo se me iba a un lado y la tabla me jalaba hacia el otro. Quedé tirado en piso por largos minutos, sintiendo que algún hueso me había perforado el pulmón y tratando de mantener la calma. ¿O era el shock? Me arrastré a un lado para que nadie me atropellase y le mandé una foto a Kat porque sin foto de prueba nunca pasa nada. Herido y cojeando llegué a mi carro arañado y manejé a casa. Respiraba como si me hubieran disparado hasta que descubrí que levantar los hombros y encoger la cabeza entre las clavículas dolía menos. Horas después en el hospital me dieron las buenas noticias: un esguince en el tobillo y una fisura en la costilla más tarde, pero seguía vivo. Y hoy por hoy, con la cabeza enterrada de noche todavía respiro. 

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