Lapida de Fermin

Pérdidas inesperadas

Inspirado en eventos de la vida real. Los nombres y la naturaleza de sus personajes han sido cambiados con el propósito de preservar la vida de aquellos actores involucrados. La violencia no justifica más violencia, punto.

La desaparición de Fermín, el pájaro cantor

Una mañana soleada en Tranquilandia, corregimiento de Macondo, Paula se dedicaba a hacer lo que más le gusta: regar las matas. Cuando, de la nada, escuchó a su esposo Matías gritar con angustia desde la distancia. La conmoción del momento hizo que Paula saliera pitada, cual pepa’e guama, a ver cuál era el escándalo. Al llegar a donde se hallaba Matías, vio en el piso a un pichoncito agonizando. Al parecer, se había caído de su nido y se aferraba con anhelo a la vida.

Su instinto maternal la llevó a recogerlo y llevarlo a su cabaña de inmediato, con la intención de brindarle los primeros auxilios. Lo limpió y trató de sanar sus heridas lo mejor que pudo. Luego, le improvisó un nidito en una maleta y espero a que el pichoncito se sintiera mejor para que volviera con su familia.

No era la primera vez que Paula y Matías le brindaban un hogar a un animalito desamparado. Ambos amaban los animales y poco antes de que apareciera el pajarito, habían adoptado a una familia de zorros. Cosas que solo se ven en Macondo….

Lo que Paula nunca se imaginó era que ese pichoncito azul rey se volviera prácticamente su hijo. A pesar de sus intenciones y constantes intentos de liberarlo, el pajarito no tenía la menor intención de agarrar su camino. Por el contrario, disfrutaba muchísimo de su dosis diaria de frutas frescas y jugo que con tanto amor Paula le preparaba. Al ver que el pajarito cada día se humanizaba más, Matías decidió llamarlo Fermín, el pájaro cantor.

Cada día era una aventura para todos en Tranquilandia. Antes de que aún saliera el sol, la gallina de la finca se encargaba de levantar a todos a punta de gritos que se alcanzaban a escuchar en el pueblo vecino. Rogelia, una gallina de alta alcurnia traída desde Italia, convencida de que sus cantos hacían salir el sol, se tomaba muy en serio su papel. Gracias a sus gritos, todos en Tranquilandia comenzaban su día a primera hora. Hasta Fermín se levantaba enérgicamente a pedir su dosis de jugo de frutas para después ir a visitar a Rogelia y comerse su comida, lo cual a la gallina no le parecía nada agradable.

Todo era paz y armonía en Tranquilandia y Fermín había traído con él alegría desde que llegó. Había que cuidarlo, ya que aún era muy pequeño y frágil, así que todos en Tranquilandia le echaban un ojito para asegurarse que estuviese bien.  Había rumores de que rondaba un grupo de tigrillos por la región y no querían que Fermín fuese victima de un ataque inesperado. En una ocasión, Paula sorprendió a un tigrillo tratando de treparse al árbol en donde a Fermín le gustaba postrarse a cantar. A pesar de no haber pasado a mayores, Fermín terminó aterrorizado y no quiso volver a sentarse en el árbol. Ahora, sólo pasaba tiempo con su mamá humana y con Rogelia, quién se había resignado a compartir sus semillas con él.

La relación de Fermín con la familia de los zorros no era buena pero tampoco era mala. Sin embargo, la mamá zorra andaba entrenando a sus cachorros en las artes de la cacería y, por eso, todos en Tranquilandia se sentían responsables de la seguridad de Fermín, quién ya rondaba por el comedor como cualquier otro integrante de la familia. Es más, ya no necesitaba que Paula lo sacara a comer. Él solito andaba por toda la casa sin miedo alguno y, cuando terminaba de jugar, sabía cómo entrar a su nidito en la maleta de Paula.

Al establecer su independencia, los tranquileños supusieron que a lo mejor Fermín ya se estaba preparando para emprender su vuelo. Ese día, lo vieron comer mandarina y brincar de un lado a otro, como todos los días. Nadie nunca se imaginó lo que pasaría después…

Mientras Paula regaba las plantas, preparó el desayuno a los zorritos y se los llevó hasta su madriguera. Al voltearse, su atención se fijó en una pluma azul rey que estaba encima de un matorral, en donde solían jugar los zorritos.  El mismo matorral donde la mamá zorra había dejado tantas presas para sus bebés.

La ira, el dolor, la incertidumbre y un vacío en el estómago se apoderaron de Paula, quien inmediatamente corrió a buscar a su esposo. Matías se apresuró hacia los arbustos y sin perder la esperanza de que fuese un malentendido, miró entre las hojas. Fue entonces cuando encontró aquel amiguito que alguna vez cantó, estaba completamente quieto.

  • “¡La zorra se comió a Fermín!”

 ¡No puede ser! ¿Cuándo sucedió? Nadie podía creer lo que estaba ocurriendo. Sin demostrar dolor, Martin envolvió el cuerpo frío de Fermín en una toalla y, una vez convocados todos los habitantes de Tranquilandia, prosiguió a darle cristiana sepultura al lado del árbol que tantas alegrías le había dado al pajarito cantor. Al colocarlo al fondo del hueco que él mismo había cavado, notaron que Fermín no mostraba rastro alguno de violencia: no había sangre, su plumaje estaba intacto y todo su cuerpo estaba en una sola pieza. Es ahí donde comenzaron las preguntas:

  • Pero si lo hubiese matado la mamá zorra, lo habría despedazado como había hecho con sus otras víctimas. O, al menos lo habrían encontrado agonizando. ¿Será que fueron los cachorros?
  • La noche anterior se habían escuchado ladrar a unos perros dentro del recinto. ¿Quiénes eran los perros y de dónde salieron? ¿Podrían estar involucrados?
  • ¿Será que Rogelia se mamó de que Fermín se le comiera la comida?
  • ¿Por qué no hay sangre?

Probablemente nunca sabremos que fue lo que en realidad pasó durante los últimos minutos de vida de Fermín.  Solo recordaremos que ese día hubo un vacío impresionante en Tranquilandia. Hasta los animales se mantuvieron silencio y Rogelia no cantó. La culpa era de todos y de nadie. Queda el consuelo que, donde quiera que descansen las almas de los pajaritos cantores, se encuentre ese azulejo cantando con la misma alegría que le brindó a su familia tranquileña.

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