Amanecer de Alejandro

Amanecer en Toronto

Día ocho

Imagina que estás por casarte y de pronto te apagan las luces. Una broma pesada que dura más de lo que debería. Un sacerdote al frente que está igual de confundido porque Dios nunca le dijo nada. Todo el mundo perdido. Una chica allá al fondo anda emocionada porque nunca ha visto una boda así ―¡Qué original!― ¿Y tú? Debes estar soñando. 

Parece un ataque terrorista en el peor de los momentos. Porque el terrorismo es terrible a cualquier hora del día; porque indigna cuando otros mueren pero duele en el alma cuando te arruina lo que querías. ¡Qué egoístas! Un ataque terrorista a los sueños inocentes de la gente, piensas. Sin bombas ni platillos, solo incertidumbre. Por ahí, un llamado a mantener la calma. Y una pizca de esperanza. Sólo ruegas que estés soñando.

Hasta que te prenden las luces de emergencia y tú buscas al culpable. ¿Dónde está el paciente cero? Pero no ves más que el techo blanco sobre la cama y los rayos del sol te acarician con una ternura que parece infinita. Hay que preguntarse con la mano en la teta si es mejor estar vivo en tiempos que dan tanta cólera. Y en eso, una cachetada que te quita lo pendejo ―tu pareja en la ducha, vivita, cantando.

“Gracias a la vida que me ha dado tanto…”

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